La Primera Visión de Blake (Relato)
La primera visión de Blake

Por: Suehiro Maruo y Kazuichi Hanawa.
Por: Orlando Echeverri Benedetti.
Estaban en Peckham Rye y su madre, después de pedirle que no fuera demasiado lejos, quedó profundamente dormida en la hierba. Willam hizo caso omiso a la advertencia y corrió hacia el árbol más feo que se veía en el campo. El árbol estaba muerto y lucía encanijado y triste. Atisbó las hirsutas ramas y pasó su mano por el áspero tronco. Escuchó voces detrás de unos arbustos y se empinó por encima de las hojas para ver qué pasaba. Entonces vio a dos niñas hermosas, rubias y que vestían iridiscentes vestidos. Junto a ellas, desplomado e inconsciente, reposaba un cura con la sotana levantada por encima de las caderas. Sus piernas eran de un raro color cerúleo y en la entrepierna tenía una abultada maraña de pelos que le acolchonaban el fláccido miembro. Cuando las dos niñas vieron a William, se acercaron a él de manera hostil.
—¿Estás buscando problemas, chico? — dijo una de ellas. Su voz era suave y rasgada como un bello terciopelo estropeado por animales salvajes.
William no respondió. Observaba al sacerdote y quería saber si aún vivía. Pensó en correr hacia su madre pero decidió no hacerlo.
—Deberíamos subir ya — dijo la otra — odio la policía de este país.
—No te preocupes — respondió la primera pateándole las costillas al cuerpo del cura —, lo hicimos en defensa propia.
La chica, ruborizada y exhausta, sacó un cigarrillo que tenía tras la oreja. Dos cuervos se habían posado en una de las ramas del viejo árbol y observaban en silencio el cuerpo del sacerdote. Finalmente William habló:
—¿Está muerto?
—Eso esperamos — dijo la primera —. Estábamos aquí fumando tranquilas y este llegó con una historia sobre desnudarnos para purificar el cuerpo.
—¿Sarah, crees que el jefe entenderá la situación? — dijo la otra.
—Me cago en el jefe, Beatrix.
Con el pie, Sarah le dio vuelta al cuerpo. Debajo encontró una pequeña botella de licor. La recogió y bebió un trago. Cuando se la ofreció a Beatrix, esta lo rechazó.
—¿Quiénes son ustedes? — agregó William. Sus manos rezumaban una mezcla de sudor y tierra.
—Somos ángeles. ¿No dirás nada, cierto?
—No.
—Me refiero a que no dirás nada ni siquiera en tus oraciones.
—No diré nada — reafirmó William. Ambos ángeles se miraron y encogieron los hombros.
Entonces largas alas brillantes como las escamas de un pez de plata fueron brotando de sus espaldas. Sarah arrojó el cigarrillo a medio terminar y también la botella de licor. Segundos después ambas habían desaparecido en el cielo plomizo y los cuervos se posaron en el cadáver. Uno tiraba de la sotana y el otro, estacionado en el muslo, comenzó a hurgar la piel con el pico hasta desgarrarla.




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