Los Perros de la Lluvia (Novela)

Los Perros de La LLuvia

Los Perros de La LLuvia

Los Perros de la Lluvia

(capítulo 6)

Por Orlando Echeverri Benedetti.

-    No lo sé – dijo- pero de ahora en adelante la llamaremos Gal ¿Qué te parece?

No supe qué responder.  Salimos del local  en la madrugada, cuando debían de faltar sólo dos  horas para que amaneciera.  Miré a la chica recién bautizada como Gal; observé con detenimiento sus pasos constreñidos; sus manos desvencijadas; sus brazos pétreos y desacostumbrados a la movimiento.

A la luz del alumbrado público su parecido con la otra Gal  incrementaba y poco a poco me dejé llevar por la ilusión de tenerla una vez más.

Avanzamos por las calles buscando una licorera, aunque, francamente, para no haber bebido ni una sola gota, yo ya me sentía ebrio y delirante.  Lo supe al pasar junto a una Toyota aparcada en cuyos cristales descubrí mis ojos perdidos.

Encontramos el anuncio encendido de un estanco y  enfilamos hacia él dando tumbos como enfermos terminales. La persiana metálica estaba echada y golpeé con una moneda. Un hombre somnoliento salió a recibirnos y compré una botella de Nigth Train con el dinero robado (que podría denominar reclamado) de La Estación Verde. El hombre miraba a Gal con asco y Cabrera se ahogaba de la risa a diez metros de distancia. No entendía qué ocurría, pero una fuerza desconocida me impulsó a seguir actuando con naturalidad.

Gal estaba de pie, como endilgada en el aire,  en un silencio absoluto.   Era evidente que había crecido. Mientras anduvimos hacia la playa desierta, Ortega me explicó que la habían encontrado en un recital que dieron en una librería del centro. Alrededor de ella se había formado un círculo vacío porque los asistentes debieron de pensar que se trataba de una vagabunda. Aún así  nadie allí había intentado  sacarla.

-     Le tenían miedo  - dijo Cabrera – pero disimularon compasión.

Cuando rodeábamos la playa,  Ortega decidió ir al malecón. Nos sentamos sobre las rocas. La brisa soplaba con fuerza, aunque a momentos desparecía  y entonces los mosquitos emergían en bandadas que luego se  estacionaban sobre nuestras cabezas. Nos situamos bajo un gran poste cuyo bombillo encendido resplandecía febrilmente sobre nuestros cuerpos. Las dunas a contraluz reproducían tras ellas sombras estiradas como rascacielos durmientes. Cabrera le pasó la botella a Ortega y después de beber me la alcanzó. Le di un largo trago al vino mientras veía  a lo lejos una silueta que avanzaba sobre la arena con dificultad. Poco a poco descubrí que se trataba de Heroína, y que se movía torpemente, sumido en una traba violenta y destructiva. Se detuvo y nos observó expectante, sin reconocernos. En su entorno habitaba el ojo fulgurante de un cigarrillo que seguía el oscilar arrítmico de sus manos. Los demás debieron notarlo también, pero nadie se animó a llamarlo, así que se desvaneció entre un conjunto de palmeras jorobadas.

No me atrevía a mirar a Gal. Sentía la misma vergüenza que me sobrecogía  cuando estaba viva: esa vergüenza que sólo me dejaba mostrarle sentimientos superfluos y elementales.

-    Le escribí un   poema- dijo Cabrera en un intento por actualizarme, el vino había desencajado un poco su rostro. Sin embargo, no lo leyó.

-    Como en aquel cuento de Sebastián Mistro – añadió Alessio sarcásticamente.

No entendí nada. Perplejo, igual que un hombre a quien despiertan para decirle que su casa está en llamas y su familia calcinada, intenté poner en orden cada cosa que me decían.  Mientras tanto Gal me observaba desde las rocas. Causaba en mí un desorden emocional.   La brisa enrocada en su cabello batía las puntas con agresividad.

-    La cuidamos – volvió a decir Cabrera, riendo, observándome atentamente -,   la cuidamos y le damos lo que nos pida. La vida misma.

La sola idea me hizo pensar en la posibilidad de huir.

-    ¿Y por qué dijiste que era tuya? – replicó  Ortega  - Tú mismo dijiste que ni siquiera fue tu novia.

-    Fue algo más que eso  - dije, lacónico. De nuevo me costaba trabajo creer que decía aquellas cosas; frases extravagantes, robadas de un libro o  una película de ficción.

Entonces Gal se sacudió los mosquitos de la cabeza y diría algo claro por primera y última vez.

-    No soy tuya.

Quedé atónito frente a su voz monstruosamente aguda, como el chillido de un animal apaleado.  Los demás también parecieron sorprendidos. Ortega se acercó a ella y le acarició el la cabeza.  Le preguntó algo, para ver si hablaba de nuevo, pero ella permaneció en silencio.  Alessio  bebía largos tragos del vino fuerte y exageradamente alcoholizado.

-    Ahora es nuestra – dijo entonces como ofendido. Todo aquello parecía un chiste, uno que podía resultarme peligroso.

-    Podría quedarse en el segundo piso de La Estación Verde – planteé como si fuera ella una criatura que nadie aceptaría en su casa -, nadie entra allí.

En efecto, haría cualquier cosa para meterla en La Estación Verde.  No temía perder el empleo, pero si Gal decidía, o si los tres poetas decidían que permaneciera en el segundo piso, haría lo necesario para continuar una temporada más.

Gal se desprendió de la roca del malecón y avanzó hacia la orilla del mar. Cabrera y Alessio fueron tras  ella y la detuvieron. Fue Cabrera quien le dijo que el agua salada no era buena. ¿Buena para qué? Ortega se cruzó de piernas en la arena y leyó uno de sus textos. Era un poema que hablaba sobre  cuchillos incapaces de herir. Imaginé que se relacionaba con Gal; de su aspecto indolente.

Cuando el vino se terminó todos nos quedamos en silencio. Los tres poetas comenzaron a escrutarme con ojos confinantes y embriagados que temblaban bajo la luz lavada de los postes lejanos. Cabrera se despegó del malecón, arrastrando la punta de sus tenis en la arena, marcando en ella surcos de cansancio. Su labio inferior colgaba húmedo y fofo, dejando al descubierto sus dientes manchados de vino  y nicotina. Tenía  la botella sujeta del cuello y la estrelló contra una roca. Entonces avanzó hacia mí,  blandiendo los filos irregulares. Retrocedí rápidamente, observando la etiqueta desprendida de la que pendía  un considerable fragmento de vidrio. Los demás seguían sentados, embrutecidos. Querían que me fuera, y lo hice, avanzando por la cuerda floja de la noche.  Varias veces me di  vuelta esperando algo de Gal, pero nada sucedió.

Al llegar a casa fui directamente a la cocina. Abrí la nevera. El vapor helado me refrescó la cara y la cabeza. La cerré de inmediato sabiendo que tenía el apetito estropeado. Observé a través del resquicio de la puerta de la habitación de mis padres que dormían profundamente. Entre ellos estaba la pequeña Nancy, mi hermana de 12 años, y recordé que cumpliría trece en una semana.

La persiana de mi habitación dejaba entrar franjas de luz pálida, y avancé entre ellas hasta mi cama.  Sentí un  libro lastimándome la cadera, lo saqué con cuidado de entre el pantalón y mi piel. Recordé quién me lo había dado, quién era la autora, y  lo dejé sobre  la mesa de noche que había conservado desde niño.  La superficie estaba rayada y de la base se desprendían astillas de madera  podrida. Encendí la televisión, cuidando de poner el volumen lo menos alto posible.  Vi que presentaban el truculento suicidio de las cuatro chicas Lisbon. Apagué el aparato temiendo hundirme en una tristeza más grave,  pensando al mismo tiempo que seguir el ejemplo de las chicas sería una exageración.       Las cuatro vírgenes se habían matado en la desesperación del aburrimiento, sentía sus cuatro espíritus delicados jugando en las paredes de mi cuarto al  ritmo de Nicolás Godin y Roy Benoít Dunckel. Creí que Gal había sido mi único refugio, pero su medida era distinta  y ahora no cabía en su envase, incluso  me expulsaba.


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