Crónicas y Reportajes (El Universal)

Cinto Bestard: El marino ciego que doma olas.

ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI

EL UNIVERSAL –


FACETAS    Del fondo del camarote emerge una mujer rubia, adusta, menuda, con ojos azules y brillantes como el resplandor metálico que destella el oleaje. Aunque sus movimientos son elásticos, casi felinos, en su cara surge un gesto contraído, provocado por el esfuerzo que implica mantener el equilibrio en el bote.

La mujer no dice su nombre, pero se confiesa amiga de Cinto Bestard, el dueño de la embarcación española, y a su vez explica que ha viajado con él durante más de dos meses.Son en total 4 tripulantes que llevan aproximadamente 10 días en Cartagena. Pasan el tiempo en el Restaurante Club de Pesca, paseando por las calles de Manga y el Centro o simplemente echados en los cómodos asientos de la embarcación. Para partir, esperan que el esposo de una de las hijas de Cinto salga del hospital, pues en medio de un largo viaje sufrió una embolia.


El cielo gris y la brisa fría de una mañana particularmente oscura, ocasiona que la preocupación incremente. Desde cuando perdió la vista, hace aproximadamente 25 años, Cinto ha debido observar el mundo a través de otra dimensión de los sentidos. Sin embargo, según él, no necesita ver con los ojos para capitanear su embarcación, pues, como explica “hay otras maneras de observar”.


Nació en Palma de Mallorca, razón por la cual la cercanía con la playa y el océano estuvieron desde el principio de su vida. Las calles angostas, las catedrales góticas desnudadas por el sol, la arena fogosa de las playas y el fondo del mar siempre visible fueron dilatando su horizonte como hombre entregado a las olas.
Su padre siempre estuvo alejado de aquella pasión; trabajaba como delegado de hacienda pública de todas las islas Baleares, que Cinto exploró a cabalidad, desentrañando las costas con snorker, al principio, y luego con tanques de oxígeno.


De esta forma, sus primeros juguetes, que fueron siempre veleros y buques a escala, dieron paso a la adquisición de su primera embarcación real, con la cual se incluyó en una regata que iba de Mallorca a Giraglia (Italia), terminando en San Remo. Aunque algunas veces decidían ir más allá y terminar en Montpellier.


Pero irremediablemente, con el tiempo, terminaría asumiendo un puesto similar al de su padre. Un oficio mucho más gris y que le alejaba considerablemente de las costas verdiazules de Mallorca. Se trataba de un reputado empleo como jefe de inspección del Banco de España, y su compromiso era evitar créditos intempestivos que pudieran hundir la estabilidad del mismo.


“En aquel tiempo—confiesa Cinto, observando por encima de la borda— todos mis objetivos iban frenéticamente dirigidos a la escala de posiciones. Era una vida donde debías medir cada paso y repensar cada decisión. Fui subiendo de cargos, pero a medida que crecía mi responsabilidad, sentía que esforzaba mucho más mi vista en folios e informes que debía revisar meticulosamente”.


Concretamente, Cinto no sabe si aquel esfuerzo desmedido fue en realidad lo que desgastó su vista. “No soy oftalmólogo”, replica, aunque le atribuye, de cierta forma, responsabilidad a su trabajo. Cuando cumplía 40 años perdía la visión total de un ojo, y desde entonces, el globo restante disminuyó periódicamente su funcionalidad hasta quedar anulado”.


Al poco tiempo dejó de trabajar en el Banco, y lo tomó la Once, una sociedad de ciegos muy importante en la península, que además tiene una legendaria lotería. La sociedad, por otra parte, ayuda a los discapacitados, no solo ciegos, a encontrar trabajos que se adapten a sus posibilidades.


Como Cinto tenía una larga trayectoria en la revisión de balances, le pidieron que trabajara con las finanzas de la Sociedad, para lo cual tendría que irse a Madrid. “Al principio me rehusé —confiesa—, pero luego terminé aceptando”.


La vuelta al mundo


Aunque siempre tuvo velas, que eran pequeñas, un día decidió comprar una embarcación más grande, de 17 metros de eslora, para darle la vuelta al mundo.
“Claro —admite tras una carcajada— entre más grande es el barco, más grandes son los problemas. Por otra parte, siempre había viajado, pero esta vez sentí que debía recorrer todos los rincones del mundo, conocer de verdad, por experiencia, ver lo que otros no han visto, atravesar un océano entero y cambiar de continente, de cultura”.


En realidad, su empresa tuvo su inicio cuando conoció al reconocido navegante y autor de libros de estudios marítimos Jimmy Corner. Una charla con él aumentó la seguridad de su propósito, pues a través de él, aprendió ciertas indicaciones sobre corrientes y temas afines que optimizarían su viaje.


De los rincones del mundo que ha conocido, Cinto siente especial fascinación por Ushuaia, una ciudad argentina, capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, la cual es también conocida como “La ciudad del Fin del Mundo”, debido a que es la ciudad más austral del planeta.


“Viajé 700 millas más al sur en mi embarcación —relata Bertard, jugando con las manos en el aire—y comencé a descubrir un mundo deslumbrante. La brisa helada en mi cabello y el rostro, el ruido de los albatros y los pingüinos, el mar golpeando con una fuerza insolente y seca el casco de la vela. Sentía y escuchaba en las manos, cuando tocaba alguna parte del barco, como vibraba, como la tierra transmitía una sobrecarga de energía. El mundo se manifiesta de muchas formas, y yo presté especial atención a esa.


“La temperatura bajaba a los —28 grados. Las escotas, al tocarlas, estaban congeladas, indestructibles. Sin embargo, lo más increíble era la cantidad inefable de islas pequeñas distribuidas por allí. Me atrevo a afirmar, sin creer que caiga en la falsedad, que de existir aún islas vírgenes, deben estar allí”.


Los viajes los ha realizado con una tripulación inconstante, variable. Se trata de amigos, la mayoría de ellos instruidos en “el arte de domar olas”, como suele decir bromeando cuando se refiere a navegar. Sus amigos, quienes se ocupan de cargos relevantes en abogacía o medicina, se escapan un tiempo para acompañarlo un trecho del viaje.


“Antes yo viajaba solo. Ahora, en cambio, prefiero hacerlo con mis amigos. Departimos y jugamos mientras “nos conocemos más”. Mis hijos también han heredado la pasión por la navegación, hoy día saben todos los gajes del oficio y tienen sus propias embarcaciones”.


También estuvo en Las Islas Marquesas, el mayor archipiélago de todos los que forman la Polinesia francesa, con unos 1.274 km². Su relato empuja a imaginar las aventuras del pintor Paul Gauguin y del escritor Herman Melville, que retrataron, cada uno en su disciplina, la vida de las islas. Allí, el aislamiento de los valles provocaba interminables guerras tribales, se practicaba el canibalismo, ritual con los enemigos prisioneros y el carácter de su historia violenta era motivo para tatuajes en el cuerpo.


“Cuando nos desembarcamos recibimos obsequios de una manera sumamente espontánea. No era comercio, sino más bien una forma de cortesía. En Camal nos dieron de beber un líquido llamado “caba” que tomamos junto al jefe de la tribu.


El ritual se realizaba en una especie de valle, el líquido se tomaba en el caparazón de un coco, de pie y mirando siempre hacia el este”.


Cuando los viajes no le resultaban demasiado interesantes, cosa que según él no es muy común, o cuando el barco reposa en una altamar tranquila, se dedica a escuchar los cientos de discos que tiene con novelas leídas de sus autores preferidos, entre ellos, Julio Cortázar.
“También nos sentamos a conversar. Pero cuando uno navega, te confieso, el tiempo se aplica casi en su totalidad a la navegación. En la noche uno está cansado y simplemente se quiere dormir”.


Cartagena ha sido para él un viaje a través del tiempo. Las calles coloniales y la historia que representa le han hecho dar un salto en la escritura de las naciones y las civilizaciones. “No hay que verlos para sentirlos en el aire”.


De súbito, la mujer rubia regresa. Se sienta con nosotros. Pronto se marcharán, aunque el destino, hasta ahora, es incierto. El cielo indica que explotará una tormenta en cualquier instante, Cinto lo percibe en el olor del aire a tierra mojada.


El Marino de Getsemaní

ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI

FACETAS



“Y sin embargo, en la travesía de vuelta del último viaje, Ryuji había descubierto que estaba cansado, mortalmente cansado del aburrimiento de la vida del marino. Tenía la certeza de que lo había probado todo en ella, hasta las heces, y estaba harto”.


El marino que perdió la gracia del mar
Yukio Mishima.


Hace 40 años los niños de Getsemaní se deslumbraban viendo a los extranjeros lucir sus prendas costosas, las cabezas rubias y los rostros tostados por el sol ultramarino. Jugaban en las playas y, conviviendo con el susurro perpetuo del oleaje, alimentaban el sueño de entregarse, ellos también, al vértigo del mar.


Entre esos niños estuvo el poeta Pedro Blas Romero. Con apenas 8 años, ya comenzaba a escribir sus primeros versos y envidiaba, igual que sus compañeros, a los tripulantes de los navíos que arribaban al puerto de la ciudad. Con el tiempo fue involucrándose en los muelles, hasta el punto de conocer la cultura newyorkina tanto como la de su barrio legendario.
“Desde que era muy pequeño supe que mi rumbo era el mar”, señala recordando los pasajes de la Cartagena de hace décadas. “En mi época todo el mundo quería ser marino, porque parecía la única salida de la pobreza.”


Se embarcó por primera vez a los 25 años, una tarde agreste en que abordó al “Don Nico”, una embarcación de tamaño mediano que lo condujo a las Antillas y Aruba. “El barco era de un armador colombiano de origen europeo llamado Julio Sarzok Villadiego, y cuando lo veías parecía resistente y compacto”.


El primer viaje fue, según comenta, demasiado duro para un joven que soñaba con lo que desconocía. La vida del mar lo circunscribió en un nuevo sistema de reglas casi penitenciarias, y lo obligó a seguir un trato rudo con hombres con quienes debía lidiar constantemente.


“Mira, yo le agradezco enormemente a Arturo Cormaño, el contramaestre que me enseñó a convivir en el mar. Sin su entrenamiento, habría flaqueado. Cormaño era un hombre del Chocó, alto y lleno de experiencias para compartir. También le debo mucho al jefe de máquinas al que le decíamos ‘Gran Zulinga’.”


De la marinería de aquellos años, Pedro Blas recuerda, sobre todo, las noches. Solía salir a estribor a observar absorto la noche negra que no delimitaba el cielo del mar. “Me quedaba allí, mirando largo rato porque parecía que estuvieras flotando en la nada de un abismo. Recuerdo que uno de los dichos más comunes entre los tripulantes era que el marino vivía en el lecho de la muerte.”
Durante 16 años abandonó su barrio de colores opacos, para visitarlo sólo periódicamente. Mientras sus hijos crecían en tierra, él lidiaba con las olas, el viento y la soledad. Temía viajar por el paralelo 50, por donde se devolvían cuando regresaban de Australia, porque allí soplaban los vientos que los marinos denominan “rugientes.”


“Como es obvio, le decíamos así a los vientos porque cuando soplaban se oía un rugido que ponía los pelos de punta. Era un ruido que asustaba y, si ocurría de noche, ya puedes imaginarte la intensidad del miedo.”


Desde entonces comenzó a construir una nueva concepción del mundo y de la vida. Cuando arribaba a algún puerto, salía desaforado junto a la tripulación y entraba en bares donde las mujerzuelas y los tatuadores pululaban como hormigas.


Uno de sus tatuajes se lo hicieron a cambio de una copa de licor. “Le ofrecí unos cuantos dólares al hombre, que parecía holandés, pero sonriendo me dijo que lo haría a cambio de una copa de whisky.”
Uno de sus comandantes le dijo alguna vez que, en su oficio, lo más sensato que podía hacer en tierra era aprovechar al máximo, porque, al volver al mar, nadie podría asegurar que regresaría vivo.
De vuelta al océano recorrió, cambiando de buque, las West Islands (Islas del Oeste), en las que encontró costumbres extravagantes como la de salir a rumbear a los cementerios.
“Era insólito lo que ocurría, por ejemplo, en la isla de Santa Lucía. El lugar legal y popular donde la gente se reunía a bailar eran cementerios viejos en los que podías ver a las parejas conversando o besándose sentadas sobre lápidas.


Inclusive, la orquesta tocaba sobre un gran mausoleo. Se trataba casi de un ritual alucinante. Eran islas donde persistían costumbres paganas, como aquella; estoy seguro que aún se conservan.”
Una de las catástrofes marinas que marcó su vida con mayor violencia se remonta a los años 70, en un bar de Santiago de Chile, donde conoció a una tripulación de “naños”, palabra con la que cariñosamente llama a los ecuatorianos.


“Recuerdo que bebimos toda la noche. Yo estaba en ese entonces en una embarcación llamada Monrovia, donde convivíamos puros extranjeros: filipinos, griegos, colombianos, africanos y tailandeses. Encontrar a los ecuatorianos fue para mí como retornar al norte.


En todo caso, después de una noche muy reconfortante, zarpamos con prisa y cuando salíamos de la costa vimos al barco de los ecuatorianos, que soplaban trompetas y nos saludaban con excitación.
A los pocos días, en un puerto de Honduras, recibimos por radio una triste noticia: el barco de los ñaños se había hundido por fuertes vientos y ninguno había sobrevivido.”


Esos mismos vientos que derribaron la embarcación ecuatoriana también acosaron brutalmente la embarcación de Blas Romero, desprendiendo el mástil y dejando al Monrovia a la deriva. Por suerte, estaban en una bahía y no tuvieron más que esperar el final.


Aún así, después de bailar con la muerte en barcos como el Night Corvette, Zip Pacific, y Monrovia, el marino retornó a tierra por amor a una mujer. Inés Isabel Romero, su madre, una persona solitaria y abnegada, que había criado a sus hijos mientras él estaba en el océano, parecía necesitarlo permanentemente en tierra.


“Hace pocos días cumplió otro aniversario de muerta. Soy hijo único, y mi madre era mi única familia. Si ella se sentía mal el mar me dolía. Por eso dejé atrás la agitada vida del marino, y por ella volví a mi barrio, del que tanto había querido salir cuando niño.”

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PEDRO BLAS JULIO ROMERO
Pedro Blas Julio Romero nació en Cartagena, Colombia, en 1945. Es poeta, periodista e investigador, colaborador permanente de periódicos y revistas nacionales e internacionales. Ha publicado los libros: Cartas del soldado desconocido (Poesía y prosa. Tercer Mundo, Bogotá, 1971); Poemas de Calle Lomba (Ediciones Lealon, Medellín, 1984). Por el libro Rumbos, recibió el Premio Nacional de Poesía “Jorge Artel”. Actualmente desarrolla investigaciones sobre los festejos de los cabildos en la Fundación Getsemaní Cultural.


Madre Negra Inés Isabel Mama Sheyly Mama Shaoly.


Tus ojos de atardecer pardo profetizaban
Ahora han llegado madre
debe tocarte a ti recibirles
Inmensidad delirante de tropeles negros
con ritmo Merenyeyé jalonado por chupaflores avecillas
traen sus corazoncillos la beodes en lodo sacrosanto y polen
Es el poniente meridiano de tambores y estampida
del alto silencio tamborante
Fervor de los caudales sonoros del nuevo fuego
atareando el magno logro lo remontaremos
con infinito baile de palotreo
en la forma dulce y bruja provocadora de la carne
Es Musanga solfeada
Tú les aguardas madre, por ello me diste ojos de semilla negra
De níspero
la mente calurosa
mi nariz santoral de hueco bravo
llevo tu falo duro alto de poema
Aquí estamos en tu música mama negra mama Shaoly mama Sheyly
Atrás afuera de los ghettos
Como cuando tus nalgas no perdían aquel compás
cierta múcura en el suelo
y yo no poso con ella como la cantas tú Mama
cuando te vuelves negra Bahiana.




Los Corredores Tornasolados


ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI

EL UNIVERSAL


FACETAS



De noche, cuando el mar de Marbella se desdibuja en el abismo, el viento sopla con más fuerza y la brisa se cuela por los resquicios del hotel Bellavista.


A los barrotes de los pórticos vetustos el salitre ha comenzado a arrancarles el galvanizado que les habían aplicado para que soportaran la intemperie. En los corredores opacados por la débil iluminación, el silbido del viento sugiere una invitación a los cálidos interiores, donde, rodeadas por frondosos arbustos, hay mesas dispuestas para el café nocturno, casi subrepticio.


Acodado en una de aquellas mesas, Javier Enrique Sedo, dueño del albergue y fumador consuetudinario, espanta a los gatos que, ronroneando entre sus piernas, a veces, con una pérfida ternura, le orinan los pies.


Suele permanecer allí hasta las primeras horas de la madrugada, tejiendo recuerdos con su hermana Monique Sedo, quien junto a él dirige el negocio.


Enrique cuenta con 62 años, tiene una barba blanca y tupida que esconde la línea de sus labios y ojos indolentes de un azul mortecino que miran desde una distancia incalculable. Ha estado a cargo del hotel por más de 40 años, conviviendo con diferentes generaciones que traen sus propias modas, estilos de música, revoluciones y locuras.


Han sido, de la misma forma, cuatro décadas en matrimonio con el hotel, pues hasta hoy no se ha casado con ninguna mujer. “La última vez que fui a cine fue hace 20 años — dice Enrique—, no salgo nunca del hotel”.


Su niñez y su adolescencia no discurrieron lejos de los mismos muros, pues el negocio tiene un origen familiar que se remonta a sus padres, una pareja europea que decidió venir a Cartagena durante los años 50.


Después de terminar su bachillerato en Bogotá y de viajar a Barcelona para cursar los primeros semestres de una carrera industrial que lo aburrió, decidió regresar a Cartagena, donde su madre permanecía completamente sola a cargo del negocio.


“Si lo pienso bien, fueron aquellos años en el colegio y la universidad los únicos que pasé verdaderamente alejado de mi madre y del hotel. Mi madre estaba sola porque, cuando yo tenía 7 años, mi padre murió en un accidente aéreo.


“No le presté atención al estudio en Barcelona. Quizá fue porque en el fondo no era la carrera que llenaba mis expectativas y porque secretamente sabía que tendría que hacerme cargo del hotel. Por eso me dediqué a gozarme la ciudad, a rumbiarmela”.


Antes que las casas que hoy día conforman el hotel fueran designadas para ese oficio, eran propiedades veraniegas de diferentes dueños, alejados del nudo citadino, que en aquel entonces se expandía hacia el sentido contrario.


Aquellas casas se constituyeron como hotel por un matrimonio belga que no duró mucho en ponerlo en venta. La madre de Enrique, Eugenia de Sedo, encontró la oportunidad de comprar la propiedad; y en 1.952, entusiasmada por el clima tórrido, las construcciones continuamente bañadas por la brisa y el sol ardiente, supo de inmediato que podría sacar provecho.


Los turistas, en su totalidad nacionales, dejaban ganancias considerables y mantenían en pié la empresa.


“En ese entonces, venir a Cartagena no era para cualquiera —señala Enrique, tras una persiana de humo—. Venía exclusivamente gente con dinero, que traía al perro, al canario y a la abuela”.
Según él, siendo un niño que vivía en un hotel, con gente extraña llegando y desapareciendo para siempre, se presentaron experiencias que le causaron toda serie de sentimientos contradictorios.

“Allí le di mi primer beso a una paisa. Recuerdo que tenía en la mano izquierda una radio de transistores y apenas sentí sus labios lo dejé caer (risas), y las pilas se fueron rodando por el piso.


“Sin embargo, también conocí el desengaño, la angustia, la felicidad y la euforia. Pero todo lo que venía al hotel tenía que marcharse. Todo era efímero, circunstancial, la transitoriedad de todas las cosas provocó en mí un carácter contemplativo, y al mismo tiempo me fue acostumbrando a la ausencia de un afecto permanente”.


En todo caso, al volver de Barcelona a hacerse cargo del hotel, Enrique recorría los veintitantos años de edad y, en el mundo, la guerra en Vietnam causaba todo tipo de manifestaciones.
“Cuando ya tomaba decisiones en el negocio, comenzaron a llegar cantidades de turistas norteamericanos, a quienes los padres enviaban a piases de Latinoamérica para escapar del servicio militar obligatorio.
“Eran unos gringos que venían prácticamente enloquecidos. Ya te puedes imaginar el tipo de plan que traían, rock, desenfreno, drogas…, eran los sesenta”.

Hotel, galería y zoológico


Los mismos corredores casi silvestres de la noche, durante el día se tornasolan con la luz y los colores de las pinturas en sus paredes. Resulta singular este hecho, porque en muchos casos podría inclusive confundirse con la bodega de una galería.


El caso es que, con el tiempo, en el hotel cambiaron muchas cosas. Dejaron de venir sólo turistas nacionales y, después de los sesenta el público se volvió más internacional y de tendencia bohemia.Aunque en temporada, como es de suponer, los huéspedes vuelven a convertirse en esa horda familiar con bloqueador en mano, durante la temporada baja, que es la mayor parte del año, su talla conserva otra medida.


Pintores, escritores, profesores de filosofía y músicos han pasado por sus habitaciones. En algunos casos buenos y en otros malos, los artistas que menciona Enrique han ido convirtiendo las paredes y las actividades dentro del lugar en una continua exposición.


“Parece que siempre ha sido así. Inclusive, cuando era niño, poco tiempo antes que mis padres compraran el lugar, vino Celia Cruz y cantó en medio de lo que hoy es la terraza.
“En todo caso, la mayoría de las obras que están acá me las han dado algunos artistas como parte de pago, muchas veces conciliando antes y otras en momentos en que se encuentran sin nada con qué pagar”.
Pero además de obras de arte, en otras épocas se fueron acumulando animales. “En una ocasión —dice Enrique—, un cachaco llegó con una gallina debajo del brazo, con la que pensaba hacer un sancocho.

“El caso es que el cachaco se metió una borrachera que mantuvo casi tres días, y durante ese tiempo la gallina pasaba por los corredores, y se ganó el cariño de los huéspedes.
“Le pusieron Clotilde, y cuando el cachaco por fin estaba sobrio y listo para comérsela, fue a buscarla por todos los rincones del hotel y nunca la encontró. Un día después que se fue, Clotilde volvió a aparecer. Alguien se la tenía escondida para que no la matara”.


Entre otras aves, en el hotel también han rescatado alcatraces y goleros que encuentran heridos en los rincones del establecimiento. Pero de los animales que más controversia provocaron, están dos babillas y un caimán. Éste último, por el peligro que representaba, debieron enviarlo a las autoridades competentes, pero las dos babillas vivieron un buen tiempo entre turistas extasiados.


“No eran animales violentos, vivieron mucho entre humanos y los aceptaban como iguales. Solamente se volvían agresivos cuando la hembra hacía el nido donde ponía sus huevos”.


Después de años viviendo en el hotel, en una lluvia torrencial uno de las babillas se escabulló por un drenaje y desapareció. Para no dejarla sola, decidieron enviar a la hembra a un zoocriadero.


“Fue una lástima perderlos, acá cuidamos mucho a los animales” dice, y su voz se apaga tras el sonido de unas gaitas que han hecho sonar unos músicos que se disponen a practicar”.
De hotel a vivienda
La bogotana Rocío Venegas Luque tiene 39 años y vive en el hotel Bella vista desde agosto del año 2006. Hoy día hay cerca de 40 cuartos habitados permanentemente.


Aunque había residido allí un mes, pues su estadía transitoria en la ciudad obedecía a un empleo, regresó a la ciudad tres meses más adelante y arrendó un apartamento que abandonó a las pocas semanas.


“Me resulto mas practico vivir en el hotel porque siempre sentí la inminencia de una próximo viaje. Por eso regresé. Además prefiero pagar un “arriendo integral”, es decir, donde pago, además del arriendo, los servicios, porque así me evito filas asfixiantes”.


Según ella, otra ventaja del hotel es que quien vive solo no acentúa su soledad porque en las terrazas conoce viajeros y mundos diferentes.
“La única desventaja es que no puedo hacer remodelar mi habitación como yo quiero porque no se es mi propiedad, aunque el cariño que le he tomado a mi espacio me hace pensar lo contrario (risas)”.
Para Rocío, su vida puede dar un giro en cualquier momento, de manera que deba partir una vez más. Aún así disfruta su estadía en la ciudad y ha hecho muchas relaciones pues según ella allí habita gente amable.


“La gente que vive permanentemente aquí ha consolidado una especie de red de solidaridad y de apoyo”.


Por otra parte el hecho de que allí vivan animales no le molesta en absoluto; por el contrario, le evoca un espacio bucólico donde no solo se interactua con seres humanos.


“Es más o menos como vivir en una finca, inclusive los pájaros me despiertan, o los mosquitos, pues cerca queda La Ciénaga”.


Rock Al Parque, crónica desde la multitud

ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI

EL UNIVERSAL

GENTE

A las 3 de la tarde, una lluvia menuda cae sobre mojado.

Esperamos a Tomás Betín, un músico cartagenero que está en Bogotá hace 5 meses difundiendo sus canciones por bares y garajes. Es el último día de Rock al Parque, y el grupo que cerrará el evento es Manu Chao.


Mientras aguardo en la ventana, pasan dos atractivas “punketas” que visten pantalones apretados, chaquetas de cuero negro, Converse de colores extravagantes, manillas con puntas de metal y una bella y violenta cresta amarilla en la cabeza.


Aunque las dos chicas hacen soñar con el Londres de los años 70 y toda la Era del Punk, al llegar Tomás se interrumpe el ensueño y salimos hacia uno de los eventos musicales gratuitos más grandes e importantes de América Latina.


Tras las mallas del Parque Simón Bolívar resuenan las trompetas y las guitarras. La entrada al evento es lenta y angustiante, porque la extensa calle de ingreso está dividida en trechos, como una especie de canal, donde hacen esperar al público impaciente que va llegando.


Cuando nuestro grupo está completo (más o menos 50 individuos), nos hacen pasar por debajo de una cinta de seguridad. En el segundo “canal” hay un chico embriagado que lleva en la mano derecha uno de sus tenis. Levanta los brazos, como crucificado, y mira hacia el cielo con los ojos acuosos. Los auxiliares de la policía lo examinan de lejos, sin decirle nada, y súbitamente lanza el zapato hacia el público, que lo recibe entre risas y protestas.


En el último trecho, una funcionaria ordena a la gente se quite los zapatos y las medias para facilitar la requisa que espera más adelante. A ese trecho los policías le llaman el de “pies descalzos”.
En Bogotá, sin zapatos uno se siente expuesto; y en la requisa la sensación se duplica porque revisan todos los recodos de la ropa. Si se porta un cinturón, hay que botarlo, regalarlo, o dárselo a extraños que dicen guardarlo hasta el final del concierto por 2 mil pesos.


Sin embargo, más adelante se va recuperando la confianza, y al llegar a la periferia del escenario plaza, comienza la invariable mezcla de satisfacción e intimidación que produce ver el extenso océano de carne reunida en torno al escenario.


Botafogo, el grupo que suena, viene de la Argentina. Mientras Tomás conduce a su novia al baño, el vocalista habla con el público, que le responde al unísono, como un solo cuerpo que hablara, exigiendo que toquen otra canción.


Finalmente decidimos entrar en el público y llegar lo más adelante que nos sea posible. Jorge Ríos, otro cartagenero, estudiante de Sociología en la Nacional, encabeza la fila que serpentea.
A veces, en la selva de personas, parecen encontrarse oasis donde grandes cantidades de personas aguardan sentadas, unas pegadas a otras, formando un bastión que les protege del alarmante ingreso de personas.

Las tribus urbanasy el “pogo”


El eslogan de Rock al Parque dice “convivencia extrema”, y busca la tolerancia entre las diferentes culturas que se reúnen en los conciertos. Aunque cada día se da cabida a un género musical especifico, en cada concierto es posible encontrarse con personas de prioridades musicales muy diferentes.


Entre la multitud de esta ocasión en que se tocará Ska, Reggae y un poco de Rock, puede uno toparse con metaleros, punketos, ecologistas, candys, rastafaris y raperos. La diversidad incrementa cuando a éstos grupos se unen individuos que provienen de lejanas partes del país, con ideas más o menos similares.


Cuando Botafogo cesa de tocar, el bullicio del público ocupa el lugar de la música. El presentador anuncia a Zoe, una banda mexicana, que, al salir, pone la piel de gallina a todo el mundo y excita los primeros “pogos”.
En uno de ellos, dos chicas se tropiezan demasiado fuerte y se forma una violenta pelea. Las personas a su alrededor comienzan a chiflar, y les gritan que se “larguen de allí, que no se vayan a cagar el espectáculo”.


En ese punto del concierto las circunstancias provocan los primeros síntomas de tensión. La agresividad, que flota en el aire, hace estragos y una claustrofobia incontrolable se apodera de mí. Jorge Ríos trata de buscar un lugar menos lleno, y eso significa un espacio donde al menos tengamos 5 centímetros que nos separen de quienes están detrás y enfrente.


Después de Zoe el aire comienza a hacer falta. Humo de tabaco y marihuana inundan los pulmones de la multitud. Siendo un día donde se estimula el Reggae, apenas es lógico haberlo pronosticado. El presentador intenta conciliar a la multitud, explicando que este es un concierto “sano” donde la gente debe cuidarse mutuamente.


Al comenzar el siguiente grupo, frente a la inminencia del final de Rock al Parque, todo el mundo siente la necesidad de gozarse el concierto a su manera. El grupo se llama “Severa Matacera” y sus ritmos son fuertes y rápidos. El presentador le pide al vocalista que hable con el público del frente, porque muchas de las personas que están en la valla se están asfixiando.


Las peticiones pasan desapercibidas, y el concierto sigue su marcha. Pocos segundos después, los funcionarios de logística comienzan a sacar a los primeros desmayados. Entre esas personas, pasa una mujer desplomada que cargan en brazos, y que lleva parte del seno lívido fuera de la blusa.


Jorge Ríos, que estuvo en el concierto de ayer, donde se tocaba solo Heavy Metal, explica entre gritos que el día anterior vio como un chico que pogueaba cayó al suelo y fue pisoteado por centenares de personas. Tuvo que salir arrastrándose hasta la periferia más cercana y buscar un espacio donde acuclillarse y recuperar el aliento.


“El problema con esta gente —dice Jorge— es que les importa un carajo su integridad física. Parecen estar dispuestos a cualquier cosa, a cualquier consecuencia”.
Sólo basta imaginar que algo salga mal para tantear la posibilidad de una hecatombe. Basta una leve alarma de incendio en las conexiones, o que se caiga uno de los enormes andamios donde cuelgan gigantescos parlantes para que la gente entre en pánico y ocurra una catástrofe innombrable.

El concierto
de Manu Chao


Manu Chao, una banda francesa que fusiona Rock Punk, Rock Patxanga, Folk Mestizo, Reggae Ska, muy popular en Colombia, es anunciado y estimula una frenética ola de brazos levantados y gritos de júbilo.


Cuando se mira por encima de las cabezas del gentío pueden atisbarse botellas plásticas volando por el aire. Si lo golpean a uno con ellas, es prácticamente imposible saber quién fue; y si se sabe quien fue, caminar hasta el culpable resultaría una necedad agotadora.


El problema incrementa cuando, de la nada, comienzan a salir vendedores de aguardiente “Néctar” en envase de vidrio a 15 mil pesos. Problema, porque de la misma forma que tiran botellas de plástico, también pueden descalabrar a alguien con una de vidrio.


La venta de marihuana, aunque más discreta, no es menos frecuente. Varios hombres se acercan periódicamente y gritan al oído, en una voz que la música apaga, que tienen “baretos” a precios módicos, al acceso de cualquiera, “es que este es acompañante perfecto para el concierto, loco”.


Al salir Manu Chao la cosa se pone seria y la gente se agolpa contra el frente. Ya no hay espacio para respirar y toca conformarse con el poco aire que se obtiene levantando la cara al cielo. La lluvia comienza a caer como un signo de clemencia y refresca las multitudes sofocadas.


Las primeras canciones abren los pogos más grandes del concierto, y adentro se meten de 10 a 12 personas que se tropiezan indolentemente. Inclusive, en medio del frenesí pueden verse recicladores que escarban el suelo en busca de latas y botellas.


Manu Chao representa una generación que se hace consciente de los problemas en el ámbito mundial. Ya no sólo interesa lo local, sino lo local en cuanto al mundo y la globalización. Las letras de amor llevan por dentro una carga explosiva contra el imperialismo y el abuso contra las culturas que se extinguen en una globalización cada vez más absorbente.


A medida que el concierto termina, una extraña nostalgia se apodera del público, que va saliendo antes que terminen las últimas canciones. Afuera no hay disturbios, no hay peleas, sino calles atiborradas de personas que buscan un bus o un taxi que les lleve a casa.


La lástima de Norteamérica

ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI

EL UNIVERSAL

FACETAS

En los Estados Unidos de América, la frenética sociedad de consumo y el cambio de estaciones de algunas regiones provocan que los ciudadanos utilicen ropa por muy cortos periodos. Cuando deciden dejar de utilizar las prendas, las archivan en sus armarios o las donan a entidades de caridad que las envían en toneladas a los países en vía de desarrollo.


Mucha de ésta ropa arriba al puerto de Cartagena, y se comercializa en el Mercado de Bazurto y en otros mercados populares como el Colmenar de Medellín. Quizá por ésta razón es tan común ver a diario personas que visten camisetas cuyos estampados enuncian “yo sobreviví al Karina” o que llevan escudos y emblemas de equipos de béisbol y fútbol americano.


Las pacas que se venden en el Mercado de Bazurto varían de precio, no tanto de acuerdo a la cantidad sino a la calidad del producto. Cuando las prendas están suficientemente conservadas como para venderse a buen precio alcanzan los 500 mil pesos. Pero si las prendas están deterioradas pueden llegar a costar 250 mil pesos o menos. Estas pacas, que básicamente son cajas de cartón que miden tres metros de anchura y longitud, llegan a reunir 130 vestidos.


En principio las prendas son enviadas como donaciones sin ningún ánimo de lucro. Sin embargo, la situación del país provoca que terminen revendiéndose. Aunque no lleguen a un destino para ser entregas gratuitamente, las prendas permiten que muchos individuos establezcan un negocio callejero más o menos rentable.


Ledis Polo es una de las compravendedoras de ropa norteamericana de segunda mano, y cumple 36 años en un día. Tiene su negocio en la Plazoleta de Telecom, donde se extiende una amplia gama de puestos de venta del mismo tipo. Lleva en el negocio 15 años, pero los primeros estuvo estacionada donde queda hoy el Centro Comercial Centro Uno. Señala que esa reubicación le sentó bien al negocio, y que sólo tuvo problemas los primeros meses, cuando sus clientes desconocían el sector que ocupaba.


En los vértices de su puesto improvisado con madera ajada y cartón para mitigar el calor, Ledis expone desde pantalones cortos para hombre, hasta toda clase de vestidos para mujer. También vende ropa de niña, y sólo en pocas ocasiones ropa interior. Ésta última no se comercializa bien, pero cuando viaja al Mercado para abastecerse, si ve que las prendas están bien conservadas se arriesga a comprarlas.
Las prendas que vende oscilan entre los 10 mil y los dos mil pesos. Sin embargo, tiene algunas prendas que podría dejar inclusive en 500 pesos. Llegó a hacerse vendedora de ropa usada porque ella misma era compradora asidua de la misma en el Mercado de Bazurto.


Cuando apenas tenía 7 años en el negocio, su esposo, un hombre que ella calificó como trabajador y buen marido, murió súbitamente a causa de un infarto. Su marido era carnicero. Destazaba la carne y caminaba los recovecos de la avenida Luís Carlos López, donde ponía en venta las presas a la intemperie. Al recordarlo, es inevitable que Ledis se conmueva y que quede en silencio algunos minutos.


Al mismo tiempo asevera que murió en el peor momento porque ella había recién dado a luz su primogénita y tenía a la niña en brazos. Dice que tuvo que reponerse rápidamente para volver al negocio, que se convertiría en el único sustento de su pequeña familia.


El grupo de vendedores, en su mayoría mujeres, que trabaja en la Plazoleta de Telecom, además de ser compañeras de trabajo, han llegado a construir una sólida amistad. Se reúnen los sábados y toman cerveza cerca del sector. Escuchan música y hablan largas horas.


Ana Barroso, una de las amigas de Ledis, tiene 50 años, y aunque pertenece al grupo de amigas, no vende ropa sino almuerzos. Diariamente debe surtir a todos los vendedores y a los empleados de las oficinas aledañas. Llega a servir más de 100 almuerzos y más de 50 desayunos por día. Los almuerzos son generalmente sopa de pescado o de hueso, y los desayunos consisten en fritos y jugos.


La venta de ropa usada se extiende hasta el borde de la Avenida Venezuela. En ese sector los vendedores se reducen al sedentarismo porque no hay suficiente flujo de personas. Permanecen sentados, hablando entre sí, mientras el sol y el polvo se arremolinan bajo sus puestos de trabajo.


Transcaribe les prometió la reubicación cuando los trabajos culminen, pero en general hay un espíritu apesadumbrado y escéptico.


A un flanco del corredor de ropa de segunda está Manuel Díaz, un hombre de piel ennegrecida por el sol que permanece el día entero frente a montículos de ropa. No es el dueño del negocio que atiende. Es un empleado que trabaja doble jornada. Durante el día ofrece y compara ropa y en la noche maneja un taxi que compró hace algunos años.


A diferencia de los demás puestos, en ese la ropa se trae directamente de Medellín, por pedido, y no se compra en el Mercado de Bazurto. La razón es que pidiendo a la capital de Antioquia en cantidades considerables, el precio de las pacas se reduce y de esa forma pueden almacenarse hasta el agotamiento de lo que está en exposición.


Las prendas allí son sumamente baratas. Los zapatos para mujer no cuestan más de cinco mil pesos, y hay inclusive ropa para clima frío, como chaquetas de los Jets, un equipo de fútbol americano, que luce en perfecto estado y que apenas vale 10 mil pesos.


Martiza Muñoz, otra vendedora del sector, lleva 32 años en el negocio y afirma que aunque siempre hay gente que busca ropa de segunda, los últimos años han sido lamentables. Cuando se acerca noviembre, además de vestidos también ofrece juguetes.


A pesar que su padre está enfermo y su madre medio ciega, Martiza tiene optimismo en la época navideña porque allí recauda suficiente para sobrevivir tiempo suficiente. Dice que espera con ansiedad que termine el proyecto de transporte masivo para que las cosas vuelvan a la normalidad.


Pero a pesar de todas las adversidades de los negocios que circundan la Avenida Venezuela, en medio de la escasez subsiste la inminencia de la alegría.


Del otro lado de la calle, y atravesando callejones y parqueaderos, Ledis espera su próximo aniversario, sonriente y acompañada de sus amigas, con quienes el duro vivir diario se vuelve más llevadero, mucho menos hirsuto.

Viaje Demente en Bola de Nieve


ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI 

EL UNIVERSAL

FESTIVAL DE CINE

“El Flaco” siempre quiso saber cómo eran las tetas de un travestido, siempre estuvo viviendo al filo de la muerte, en una Medellín donde las nubes no eran blancas y radiantes sino grises y honguiformes como explosiones atómicas.


Un personaje vertiginoso donde se mezclan el amor, el alcohol y la cocaína, elementos que dan origen a “Apocalipsur”, un film sórdido, cargado de humor negro, y que esperó cinco años desde su creación para ser presentado en Cartagena.


La historia, que recurre intermitentemente al flash back, narra las aventuras habituales de un grupo de amigos que viajan en “Bola de Nieve”, una camioneta de corte hippie donde consumen drogas y arman recuerdos con piezas fragmentadas.


La fotografía urbana, dirigida por Juan Carlos Orrego, retrata básicamente la Medellín de finales de los ochenta, cuando se ofrecía una jugosa recompensa por cualquier información que condujera a Escobar, o se entregaba un par de millones por cada policía asesinado. En resumen, una ciudad sumida en la guerra, pero en la que aún persiste la eterna primavera, evidente en los hermosos paisajes y las flores rebosantes de colores.


No en vano esta provocadora película de Javier Mejía Osorio, obtuvo el galardón a mejor película colombiana, otorgado por el Festival de Cine de Cartagena, donde además, se llevó la emoción del público y las críticas más favorables.


Una película colombiana sin precedentes donde la ciudad y la época son personajes claves, y que retratan fielmente la memoria generacional.


Crisis Ambiental en calle del poeta


ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI,

EL UNIVERSAL

Suplementos, Facetas.

domingo, 22 de abril de 2007

Una indolente y robusta mujer negra sostiene un cuchillo en la mano derecha; durante toda la mañana, con el arma, ha hecho volar como copos de plata las escamas de los pescados que destaza para ganarse la vida. Frente a ella los mofles escupen nubes negras, los motores de los buses rugen con rabia y los transeúntes avanzan cegados por sus asuntos personales.

Escabullirse por el pasaje que conduce de la antigua plazoleta de Telecom hacia la Avenida Luis Carlos López, donde se abre el panorama lamentable de Puerto Duro, supone una experiencia por el mundo de las moscas y las entrañas de los animales sacrificados.

De colores que alguna vez fueron vitales y que hoy sólo se apagan bajo el sol, docenas de sombrillas forman un techo bajo el que se vende cualquier pieza de carne de res, pescado o plátano maduro a precios irrisorios. Lo visceralmente realista es que sus vendedores, a la hora del almuerzo, no encuentran problema en devorar sus tazas de caldo frente a las costillas abiertas con furia, horas atrás, por el filo de un machete.

Al desembocar en la avenida, los negocios se diversifican a un nivel incomparable, tanto así, que confluyen la venta de revistas y periódicos con otros puestos disímiles como el comercio de patacón, los restaurantes de corrientazos, las compraventas y casinos cuyos anuncios se han ido borrado por el hollín.

Del otro lado de la calle, en Puerto Duro, hay un puesto de venta de Manuel San Juan García, quien aguarda pacientemente a la sombra el declive de la tarde.

“Tengo ya 25 años vendiendo carne de cerdo en este lugar. En ocasiones el sector mejora y en otros se pone muy peligroso. El mayor inconveniente es la inseguridad. Nos tiene jodidos a todos. Tanta gente y tantos buses vuelven este lugar un problema”.

“¿Sabe quién es Luis Carlos López?”

Unicamente convencido de su propia existencia, San Juan García señala que ha escuchado el nombre por ahí, pero que a ciencia cierta no sabe de quién se trata. Bautizada la avenida con el nombre del poeta es ineludible preguntarse ¿qué pensaría el “Tuerto” si viera la calle que le corresponde como homenaje?

Las carnes manidas que tiran en el agua, la espuma de origines inmundos, los peces flotando de lado, en descomposición y las heces agrupadas en los recovecos de la orilla, constituyen uno de los aromas más repugnantes y deletéreos de la ciudad, uno de esos olores que contraen los músculos del rostro y empujan el vomito a la garganta.

“Ese que tú dices, el Tuerto, estaría emputado, entonces”, indica San Juan, después de la aclaración, con una mueca retorcida en el rostro. Sin embargo, en realidad, uno podría conjeturar que estaría contento, pues, después de todo, ese mundo desordenado sigue siendo el suyo, abundante de ironías.

A la orilla de la espesa agua, la tierra reseca muerta y estéril va negreciendo por el comercio de carbón, que el señor Juan Carlos Solano custodia bajo la sombra de un árbol al que pocas hojas le han sobrevivido.

Detrás de Solano hay una canasta rústica que alberga unos 50 kilos de carbón, el cual vende a los propietarios de los negocios donde se utiliza fuego. Delante de él, en un kiosco blanco, las cocineras amasando y cortando huesos, le ven y echan a reír, creyendo que las fotografías que tomo se irán al extranjero.

“¿Durante la noche, se queda alguien a dormir por este sector?”

“La gente duerme donde tú menos te imaginas. En este sector no hay nada es un peladero. De vaina hay negocios, pero es fácil ver de noche a alguien que se eche en alguna esquina, cualquiera, o incluso junto a un kiosco, y pretenda dormir”.

EL PROBLEMA AMBIENTAL

La tierra húmeda y enferma de Puerto Duro linda con una ciénaga que sólo provoca grima. Todo tipo de inmundicias forma una capa sobre la superficie del agua, y entre los manglares inclusive puede encontrarse mierda.

Haroldo Rodríguez, miembro de la “Fundación Verde que te quiero Verde”, asegura que, en una ocasión, intentaron arborizar toda la zona para darle vida al sector. “En esos días — recalca—, los puestos de venta que estaban allí serían quitados y, por lo tanto, nosotros teníamos la intención de recuperar ambientalmente el área. Sin embargo, cuando intentamos plantar árboles, el alto nivel freático no permitiría que sobrevivieran.

El caos en el sector se ha ido intensificando hace aproximadamente 13 años. A mí lo que me parece más lamentable es que Edurbe haya tenido planes para recuperar el sector, y haya desistido por los planes de Transcaribe que, finalmente, tampoco hizo nada”.

Los manglares, en esa zona, fueron objeto de estudio de la Fundación, y Rodríguez asegura que “no son más que el resultado de un mecanismo de defensa. Los manglares están allí como barrera protectora natural contra los altísimos niveles de contaminación. Si quiere talarse este sector debería antes limpiarse el agua. De lo contrario sería un crimen ecológico”.

Según Álvaro Monterrosa, director del Establecimiento Público Ambiental (Epa), la ciénaga corresponde al sistema de caños de la ciudad y éstos están sometidos a un proyecto de recuperación que tiene el Distrito, a través de Edurbe.

“Dentro de lo que se piensa realizar lo fundamental es el dragado para limpiar desde abajo todo el asentamiento de contaminantes. Después de esto ya puede hablarse de recuperación del caño y hasta podría explotarse el tránsito acuático de turistas o pasajeros”.

“Homenaje al poeta”

De acuerdo con la información y las conjeturas de Jorge Sandoval, director de la Fototeca Histórica de Cartagena de Indias, el nombre de la avenida está íntimamente relacionado con el monumento de “Las Botas”, inspirado por el soneto del Tuerto, titulado “A mi ciudad Nativa”. La obra de Héctor “Tito” Lombana estaba en la glorieta. Años más tarde el monumento fue destruido y otra escultura, instalada en el playón frente al Castillo de San Felipe.

Sandoval explica que, quizá, la avenida deba su nombre a que el municipio quiso rendirle un homenaje poniéndole el nombre del poeta a ese trecho de la vía que remataba con el monumento de Las Botas.

“Tiene lógica. Aunque no está escrito en documento alguno. En los textos de “Plazas y Calles” de Raúl Porto y “Nomenclator” de Donaldo Bossa tampoco está nada anotado. Quizás el secreto lo sepan los viejos habitantes de Getsemaní”.


La casa del fuego


DESDE SINCÉ, EL MUNICIPIO QUE ALBERGA UN ENIGMA

ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI

EL UNIVERSAL

Suplementos – Facetas

Foto: Orlando Echeverri Benedetti

domingo, 15 de abril de 2007

Cuando se llega a Sincé en la tarde, uno puede creer, en un instante de desvarío, que el planeta está a punto de chocar contra el sol. Durante el día, la plaza del indio con cuyo nombre se bautizó al municipio, reverbera bajo una intensidad climática que varios niños bronceados aprovechan para vender jugos, bolis y bolsas con agua.

Por su parte, el progreso económico parece tener su motor en tres negocios invariables y que ahogan las cuadras del pueblo: el mototaxismo, la venta de minutos telefónicos y las tiendas que durante la noche se transforman en abigarrados estancos.

En las últimas horas de la tarde, cuando despunta una luna desvanecida, un fallo en la energía eléctrica puede expulsar a los sinceanos de sus casas, donde, sentados a una mesa en el pretil, permanecen en un mutismo pétreo, digno de una contemplación meticulosa.

Pero hace aproximadamente un mes, el municipio sucreño surgió de su olvido en los medios nacionales e internacionales, debido a que en una casa del pueblo, los objetos, sin razón alguna, eran devorados por un fuego de origen enigmático.

Aunque hoy día la casa permanece abandonada, en el corazón de sus habitantes subsiste una incertidumbre atenazada por el miedo; los burdos muros grisáceos, la humedad que ha dibujado figuras enrevesadas en los balcones y una bombilla encendida día y noche sobre la entrada, son elementos que continúan alimentando la imaginería local.

Los intentos por obtener unos minutos con Neila Sierra, la propietaria de la casa donde habita el inexplicable fuego, fueron, en su totalidad, absolutamente inútiles.

En una llamada telefónica, Neila, perturbada y febril, confesó, haciéndose pasar por su hijo al principio, que deseaba mantenerse aislada del problema que le causó el exilio de su propia casa y la dispersión de su familia.

Aparentemente, la tensión, el acoso, el estigma y la pérdida de su hogar han destrozado sus nervios, provocando que apenas logre vérsele sentada en una mecedora que se revela en el umbral de la casa verde en la que convive junto a su madre.

En general, el pueblo, ya acostumbrado al hecho, se atreve a hacer sus propias conjeturas, muchas veces, rayando en el prejuicio religioso y la imaginación exacerbada. Cerca de la plaza donde se elevan las torres de la Iglesia de Sincé, en uno de los puestos de “minutos a celular”, Hortensia López, interrumpe la atención a sus clientes.

“Independientemente de los hechos, te aseguro que Sincé es un pueblo sumamente religioso. Acá todos somos católicos y la asistencia a misa es casi un rigor. Por eso, yo creo que en general, el pueblo siempre estuvo inclinado a suponer que en la casa de Sierra había un hecho oscuro que abrió las puertas a lo que está sucediendo.

“Los últimos días que ellos convivieron en la casa, la cuestión estaba desbordando la realidad, los objetos se quemaban constantemente y no sabían qué hacer. Ya no era miedo a lo desconocido sino miedo a que se les incendiara la casa.

“De todas formas, lo más común es que se piense que el acontecimiento tenga relación con el esposo de Neila, un jugador de gallos, quien, por su irresponsabilidad, terminó aburriéndola. Ella lo echó de la casa y él murió al poco tiempo.

“Acá los hombres tienden a asegurar que quien está fregándole la vida es precisamente él, su esposo, en espíritu, porque ella no fue capaz de mantener su matrimonio. A mí esa conclusión me parece estúpida —afirma, riéndose del excéntrico machismo del comentario—, pero en fin, es lo que rueda por el pueblo.”

LOS TESTIGOS

En el hotel más popular del pueblo, el “Bucarica”, mi habitación tiene, a lo largo de la parte superior de las paredes, una red de calados tapados con cemento que acentúan la impresión del encierro.

El ventilador que expulsa con esfuerzo un fogaje denso, resulta en última instancia el único compañero en el abismal silencio de la noche sinceana.

Olga, la propietaria, acercándose sigilosamente más por impedimento que por cautela, me confiesa en un ataque de confianza, que hace tres años no sale de allí por una trombosis que le ha ido debilitando las piernas. Hace menos de un mes sufrió una caída en el baño y se golpeó el ojo, ahora amoratado e hinchado.

“Yo no sé, mijo—agrega volviendo de una larga reflexión—, pero en este pueblo puede pasar cualquier cosa”.

En efecto, al hotel se presentó Julio César Castillo Flores, un mototaxista de 32 años de edad, con la intención de explicarme que él había sido testigo de lo que ocurría en la casa.

Delgado, de baja estatura y con ojos rasgados, Castillo asegura que al principio, todo aquel rollo de la casa donde ardían los objetos no le causaba mayor impresión.

“Consideraba que se trataba de otra de las tantas explicaciones absurdas que la gente le da a ese tipo de cuestiones que, en principio, uno no sabe definir.

“Sin embargo, hace dos días estaba en un estanco con varios compañeros, y aburrido y medio caído del sueño, decidí que lo mejor era regresar a mi casa. De vuelta, opté por desviarme hacia la casa de Neila, y me detuve a observarla y a pensar qué carajo era lo que ocurriría en su interior.

“Me acerqué más y sujeté el pomo de la puerta. En un arranque…, me cuesta dar explicaciones, comencé a mentarle la madre a la casa. Le decía tonterías, insultos, y de repente comencé a ver que una mancha negra se expandía por mi camiseta.

“Me dio miedo e inmediatamente me arrepentí de toda la sarta de cosas que dije y salí corriendo. No sé exactamente cómo ardieron las cosas en la casa, pero mi camiseta comenzó a quemarse sin llama, la mancha quemada crecía por sí sola”.

Pero más allá de todas las experiencias que tuvieron los habitantes, existe un testigo clave, que vivió en carne propia los acontecimientos de la casa del fuego.

Manuel Ramiro Pineda Rojas, sacerdote de la Parroquia de la Santísima Trinidad, un altar improvisado en la intemperie, asevera que, sea cual sea la razón de lo que ocurre en la casa, lo más importante es ampliar la visión del fenómeno, y permitir que se hagan estudios científicos y no solo conjeturas místicas.

“Yo vi cómo se quemaba la cabecera de la cama de la señora Neila. Vi cómo el fuego se comía el colchón y cómo, de la nada, los objetos que se suelen manipular en una casa común aumentaban su temperatura irracionalmente.

“Es cierto que todo lo que ocurre allí le hace pensar a uno que se trata de un asunto espiritual. Es decir, los crucifijos se caían de las paredes y se presentaban manifestaciones violentas cuando se intentaba organizar una misa. Aún así, considero que también hay que darle espacio a la ciencia, hay que agotar todas las posibilidades.

Pineda estuvo junto a la familia desde que comenzaron a presentarse los primeros síntomas de un literal infierno en la familia Sierra. De acuerdo con su información, los hechos comenzaron el 6 de marzo.

“Neila me decía que durante las noches, cuando estaba sentada en su cama peinándose, sentía que alguien, detrás de ella, a ratos, suspiraba. Decía que permanentemente y de alguna forma tenía la certeza de que allí había algo.

“En una ocasión acudió a mí porque dijo que acostada en la hamaca, algo le iluminó la cara con una luz muy intensa. Aturdida, preguntó a sus hijos si alguno de ellos había jugado con alguna linterna, pero todos señalaron que no”.

“El caso de Dalangel, el labrador de la casa que murió en circunstancias no fáciles de describir, es una de las cuestiones que más atención llamó por parte del pueblo. Neila decía que ladraba constantemente, que a veces se quedaba absorto con la cabeza doblada”.

Según Pineda, Neila, sin saber qué hacer y a dónde acudir, aceptó el ofrecimiento de una amiga de ella, cristiana fervorosa, quien le sugirió orar en la casa. Fue entonces desde ese día cuando los objetos comenzaron a quemarse. Pineda asevera que, de ser un caso espiritual, el origen está en practicar mal los rituales, porque pueden abrir puertas.

En el patio de la casa, en una ocasión en que estaban reunidos la familia y el padre, escucharon el estruendo de un trueno y una luz que daba vueltas alrededor de las plantas.

“Fue increíble —asegura—; confundidos, nos acercamos a las plantas y descubrimos que las hojas estaban marchitas y flojas, casi a punto de caer. Allí adentro sucedían cosas absolutamente increíbles: los espejos estaban casi al rojo vivo, los miembros de la familia perdieron mucha ropa que amanecía quemada, y a Neila, particularmente, se le quemaban las blusas en la parte del pecho”.

Finalmente, luego del amplio eco que causaron los medios, la presión sobre la familia se hizo mayor y, según la opinión de Pineda, todo apareció como una impotencia de la iglesia ante el hecho.

Aunque muchas personas promovían la realización de un exorcismo, Pineda explica que siempre, ese procedimiento, es el último a realizarse.

“Jaime Vélez Correa es un sacerdote especializado en este tipo de fenómenos. Él piensa que puede existir alguna relación entre la teoría de la combustión espontánea y lo que sucede en la casa.

“Acá no sabemos qué hacer, qué pensar y cómo operar ante lo que está pasando. Hemos tenido paciencia y seguimos a la espera; la incertidumbre y las ansias por una explicación definitiva continúan siendo una necesidad en Sincé”.

Babel

ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI.

REVISTA VIERNES.

El aullido desde “Babel”

Crítica de Cine.

viernes, 16 de marzo de 2007

De acuerdo con el onceavo capítulo del Génesis bíblico, Babel fue una torre de tipo zigurat, construida con el fin de alcanzar el cielo. Sin embargo, Dios, receloso de la desesperada necesidad del hombre por salir de su mundo impredecible, provocó la diversificación de las lenguas, obstruyendo la comunicación y el sueño escapista del alma humana.

Aquella legendaria confusión idiomática persiste aún hoy, en la “Babel” moderna, donde, poseyendo grandes rascacielos, lo humano llega a desentenderse de sí mismo por la incapacidad comunicativa, inclusive, en una misma lengua.

Alejandro González Iñárritu, director de “Babel”, expone a través de cuatro historias entrelazadas, cómo el drama humano llega a rasgar los recovecos más profundos del alma. Así mismo, muestra que incluso en las más arraigadas diferencias culturales, persiste un invariable y universal concepto de amor.

La necesidad de una caricia, de hacer el amor, de un beso sincero, son en esta película la piedra angular que proyecta un prisma de anhelos más profundos. Mientras en Japón una adolescente sordomuda busca infructuosamente quien le ame, en Marruecos una bala fortuita le arranca medio palmo de vida a una norteamericana, que ha viajado con su esposo para reconciliarse.

En cada esquina una vida puede sufrir un giro inesperado, en cada acción y en cada error, en cada paso dado por el camino que no se eligió puede encontrarse un pasaporte a los sueños o una escalera eléctrica al infierno.

La angustia humana está en cada decisión, pues el hombre es esclavo de su propia libertad, de su propia incapacidad para no escoger. “Babel” muestra en las más comunes facetas humanas cómo del ocio puede derivar la muerte, o cómo una sonrisa puede convertirse en un frenético grito de dolor.

Ficha Técnica:

Dirección: Alejandro González Iñárritu.

País: USA.

Año: 2006.

Duración: 143 min.

Género: Drama.

Interpretación: Brad Pitt (Richard), Cate Blanchett (Susan), Gael García Bernal (Santiago), Elle Fanning (Debbie), Kôji Yakusho (Yasujiro), Rinko Kikuchi (Chieko), Adriana Barraza (Amelia), Nathan Gamble (Mike), Mohamed Akhzam (Anwar), Peter Wight (Tom), Harriet Walter (Lilly), Trevor Martin (Douglas), Mónica del Carmen (Lucía).

Guión: Guillermo Arriaga; basado en un argumento de Guillermo Arriaga y Alejandro González Iñárritu.

Música: Gustavo Santaolalla.

Fotografía: Rodrigo Prieto.


Reseñas Festicine Cartagena


ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI,

EL UNIVERSAL –

Festival de Cine de Cartagena 2007

jueves, 08 de marzo de 2007

La Cuba pre revolucionaria de 1958 está llena de una rara mezcla de temor y expectativa. En las zapaterías no se venden botas por miedo a posibles implicaciones con los rebeldes, y en restaurantes y cinemas la gente se hace de oídos sordos ante los combates.

La infancia, sin embargo, transcurre en su propia “dimensión”. En ella, la confusión ante el cóctel de sentimientos y deseos que bullen en lo profundo, no dan espacio para preocupaciones políticas o económicas.

Entre esa infancia perpleja está Samuel, un niño de diez años que, con su madre, se muda a la casa de su abuela, Violeta, una mujer que cree fervientemente en el poder de los santos y que posee un carácter aparentemente implacable.

“La edad de la peseta”, dirigida por Pavel Giraud, es un film que expone una familia matriarcal e inestable donde el único factor masculino es un pequeño que nunca saca buenas notas, quizá por el agotamiento provocado por las mudanzas incesantes.

Inconforme ante la prisa y la necesidad de su madre por conseguir un esposo que se haga cargo de ella y de él, Samuel teme verse obligado a viajar una vez más, pues ha ido ganando terreno en la ciudad, y se ha adaptado rápidamente.

Mientras tanto, Alicia, su abuela, le va enseñando el arte de la fotografía, oficio del cual han vivido casi tres generaciones de la familia. Lo que en un momento comenzó como una relación difícil, paulatinamente va generando un profundo cariño y una sincera comprensión.

Además de todas las creencias esotéricas y de las habilidades fotográficas que le trasmite su abuela, Samuel hace un descubrimiento aún más intrincado: el amor hacia una hermosa mujer mayor que él, que asiste a su casa para fotografiarse semidesnuda. Dentro de poco sabrá que el primer amor irrevocablemente conduce al desamor.

EL CINE PERUANO

EN EL FESTIVAL

Además del cine cubano, el cual siempre genera expectativas por su tradición y calidad, en este Festival, el cine peruano ha sorprendido con dos excelentes obras, entre ellas, “Madeinusa” y “La prueba”.

Ésta última, dirigida por la cineasta Judith Vélez y protagonizada por Jimena Lindo, como Miranda, retrata el clásico drama humano del hijo en búsqueda de su padre.

Miranda emprende un viaje hacia Arequipa, donde le han informado que está su padre, un hombre que la abandonó a ella y a su familia hace más de diez años, con el fin de esconderse, debido a una orden de captura en su contra a causa de un desvío de fondos que hizo mientras trabajaba en el Ministerio.

El film, cuya mayor parte transcurre en el viaje hacia Arequipa, posee una fotografía bucólica, en la que se exhiben los parajes más alejados del país, desiertos y zonas montañosas donde la lluvia es un lujo sólo para dioses.

Miranda, que ha hecho más que amistad con un hombre que le da el aventón, confiesa que el motivo de su viaje es encontrar a su padre para salvar a su hermano, quien necesita un transplante de médula.

Sin embargo, durante el viaje suceden cosas que empotran un drama en otro mucho más profundo.

Cine en el Cármen de Bolívar


ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI.

EL UNIVERSAL.

Suplementos – Facetas

domingo, 04 de marzo de 2007

Fotos: Orlando Echeverri.

“La Rosa Púrpura del Cairo” es una película de 1985 escrita y dirigida por Woody Allen. En ella se retrata la Nueva Jersey de 1930, justo en la época de la Gran Depresión. La pobreza y la ausencia de trabajo causadas por la situación, obligaban a los ciudadanos a fantasear con un mundo diferente, de abundancia y belleza.

El Cine Club Itinerario de los Montes de María, adoptó el nombre de la película de Allen, precisamente porque en el sector se vive una pesadumbre, no sólo provocada por una depresión económica, sino por una herida letal causada por la guerra.

Soraya Bayuelo, coordinadora del Colectivo de Comunicaciones Montes de María, entidad a la que pertenece el Cine Club, explica que mientras en el film de Allen los personajes salen de la pantalla, en el Carmen de Bolívar, cuando se efectúan proyecciones, los espectadores son quienes viajan hacia el interior de la pantalla.

“Por supuesto — dice la coordinadora —, el cine no nos hace olvidar nuestros problemas inmediatos, pero nos muestra que el mundo y la vida van más allá de ellos; que existen otras alternativas, otras vidas posibles dispuestas a ser vividas. El Carmen es un pueblo lleno de carencias, del cual se han aprovechado los grupos armados y los dirigentes políticos, delincuentes que nos han dejado sin un sistema de acueducto; aún así seguimos de pie y trabajando”.

En el día, el Carmen es un pueblo vivaz, de calles abigarradas donde pululan las ventas de jugos de fruta o los domadores de canarios, los cuales preparan a sus pequeños cantadores ambarinos para concursos locales. Sin embargo, cuando despunta la noche, el pueblo suele refugiarse en sus viviendas, arraigando un fuerte temor a la oscuridad.

Tres años atrás, el conflicto armado estaba en su momento más perverso en la región, especialmente en el municipio de El Carmen. La zona se había convertido para los actores del conflicto armado en corredor estratégico a través del cual se manejaba la entrada y salida de los combatientes, el tráfico de armas y de narcóticos. Además, se presentan frecuentemente muertes, masacres, desplazamientos, bombas y secuestros en el municipio y sus alrededores, ocasionando que los pobladores atemorizados abandonaran sus calles y los sitios públicos.

“A mediados de octubre del año 2000— dice Bayuelo —, en la madrugada de un lunes, en diferentes lugares del municipio explotaron simultáneamente cuatro bombas. A pesar de la grave situación, aquella misma noche, decidimos proyectar una película sobre un mantel blanco pegado en la pared de la sede principal, en la Plaza Central del Municipio”.

La proyección de Estación Central (Brasil) daba inicio al Cine Club Itinerante La Rosa Púrpura del Cairo, el cual hoy actúa como dispositivo para recuperar la tranquilidad, la noche, el espacio público, vencer el miedo a habitar sus territorios y construir alternativas lúdicas, pedagógicas y recreativas, no solamente en El Carmen de Bolívar, sino en otros municipios de los departamentos de Bolívar y Sucre, así como en otras ciudades del país.

Esa primera presentación trajo a más de 270 personas que, bajo la noche cargada de estrellas y frente a una pantalla iluminada, se mantuvieron absortas. Entre la multitud, los más jóvenes jamás habían ido a un cinema, pues el que hubo en el pueblo fue cerrado hace 20 años, y ver una película en tales dimensiones debió acentuar su majestuosidad.

De esta forma, es fácil concluir que en un lugar donde el rostro de la muerte, la metralla y el olvido es inminente en la falta de alcantarillado e inclusive en la imagen que proyectan las trincheras ubicadas en las esquinas, el cine es más que una película ordinaria, y cobra un valor excelso.

El grupo que se ha ido conformando en torno al colectivo ha sido, de diferentes formas, afectado por la guerra. Bayuelo misma perdió a su hermano cuando éste apenas tenía 37 años y una familia en progreso. Según explica “lo mataron en una masacre donde desconocían a ciencia cierta a quien buscaban. Por eso mataron al grupo, con una facilidad aterradora”.

Entre los jóvenes vinculados al grupo está Julio Cesar Garcés, quien se ha convertido en tallerista infantil, dándole a los niños nuevas herramientas para crear y narrar su propia historia.

Garcés y su familia fueron desplazados por la guerra, pero afortunadamente, ninguno de ellos vio amenazada su integridad física. Hacía 12 años vivía en una vereda en el Cocuelo, cerca de donde queda la casa amarilla, un sector de fama en los Montes de María por ser núcleo de conflictos.

“Recuerdo que mi abuelo trabajaba con ganado y que tenía una pequeña compañía de tabaco, cuya cosecha transportaba al Carmen para la venta. Mis padres y yo también nos dedicábamos al campo, a la agricultura, y fuimos siendo despojados por el abuso de algunos grupos armados, por lo que debimos marcharnos al Carmen de Bolívar.

“Una vez aquí las cosas fueron empeorando. No había trabajo y no teníamos donde quedarnos. Fuimos vendiendo nuestro ganado de chivos a precios insignificantes porque necesitábamos el dinero, pero una vez agotadas nuestras posesiones nos vimos obligados a volver, pero de allí nos sacaron nuevamente sin ninguna consideración”.

Por su condición, está más cerca de entender los problemas al trabajar con niños que han sufrido una suerte igual o quizá peor que la suya. “Tenemos a dos niñas — explica — a quienes les mataron a los familiares frente a ellas. Los asesinos les prohibieron llorar, y ellas obedecieron. Por eso, cuando llegaron, no se atrevían a abrir la boca para nada”.

Stefany Arenas, otra integrante del grupo, no es desplazada sino habitante antigua del Carmen. Su vinculación a la organización tuvo un origen social, pues, según señala, hay que trabajar por el pueblo si se quiere cambiar las cosas.

“Supe del Colectivo, específicamente del CineClub, porque en mi barrio, El Páramo, proyectaban películas. Cuando comencé a venir trabajé en todas las áreas y fui aprendiendo toda clase de cosas”.

Según Stefany, uno de los campos más valiosos que estimula la proyección de cine en los diferentes sectores de los Montes de María, es que al sacar al pueblo de su enclaustramiento para ser ubicados en grupo, se generan espacios de comunicación e interacción personal, fase sumamente necesaria para la integración del mismo.

EL COLECTIVO: POR LA IDENTIDAD

El Colectivo de Comunicaciones Montes de María no se limita a la proyección de cine, sino que incursiona en la radio, la televisión y sirve como espacio para articular otras operaciones sociales.

Además, se ha desarrollado una cohesión entre los diversos grupos de pobladores del Carmen de Bolívar. De esta forma, su brazo operacional se expande a San Juan Nepomuceno, San Jacinto, Marialabaja, Palenque e incluso los barrios El Pozón y Nelson Mandela de Cartagena, dada su proximidad.

Ésta organización nacida en 1994 para reafirmar la identidad en la convivencia, cuenta con 18 emisoras escolares y un canal regional de televisión en la región de los Montes de María, y fue la ganador del Premio Nacional de Paz, versión 2003.

Según Beatriz Ochoa, subcoordinadora del Colectivo, “el principal interés que tiene la organización, es convertirla en una alternativa a la información que divulgan los medios masivos de comunicación para que niños y jóvenes de la región reafirmaran los valores del pueblo, y de esa forma establecer una identidad.”


Entrevista a Enrique Vila-Matas

ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI -JUAN PABLO PLATA

El Universal

Foto: Julio Castaño.

El Dominical.

domingo, 08 de abril de 2007

En una de las mañanas más calurosas de la semana del Congreso Internacional de la Lengua Española, el escritor español Enrique Vila-Matas atraviesa el corredor central de su hotel, el cual está flanqueado por arbustos tropicales.

A pesar de la inclemencia del clima y el sol arrollador, viste una camisa manga larga de color azul y un pantalón elegante. Antes que elegir una mesa sombreada, decide acomodarse en la plaza central, donde el brillo solar se ilumina en su frente.

Cerca de su lánguida presencia, arriba, revolotea vitalmente un tucán que inexplicablemente jamás ha optado por huir del hotel Santa Clara. Sentado a la mesa, Enrique sonríe y titubea un saludo tímido. Mira hacia a sus dos lados y finalmente agrega: Bueno, a lo que vinimos.

El argumento común entre sus novelas describe las patologías de los escritores. ¿Ha pensado alguna vez en las enfermedades de los lectores?

Enrique Vila-Matas: El lector ideal es aquel que se apropia de sus lecturas. Por ejemplo, imagino que quienes se acercan a los libros que yo he escrito, lo hacen precisamente porque encuentran algo que les atrae, que comparten, o inclusive puede ocurrir por lo contrario; que disfruten algo que detestan. En todo caso, yo parto del hecho de que mis lectores deben ser personas raras.

En la actualidad existen tantos lectores, o todos se han vuelto raros o se ha normalizado la recepción de mis libros.

En un lector Bartleby, o sea, en un lector que deja de leer, su cerebro se asimila a un desván que se va deshabitando lentamente. Con el tiempo va quedando vacío, en la soledad. Es un relato que se me ocurre ahora mismo. Esta idea del desván viene de una pregunta que alguna vez le hicieron a Fernando Savater, sobre lo que pensaba de la gente que no leía.

El escritor colombiano Gonzalo Arango dijo alguna vez: “Pertenezco más a la vida que a la literatura. A la hora del juicio final me gustaría más encontrarme con las mujeres que amé que con los libros”. ¿Qué le dice la frase?

E.V-M: Sobre el caso de Literatura y Vida, pienso que no tienen por qué verse independientemente. Están fusionadas y no hay nada más cervantino que esta unión. No creo que tenga que elegir entre una y otra, pero si lo tuviera que hacer, sin duda, elegiría la Literatura.

Digamos que, en resumen, en mi vida de lector he encontrado más intensidad que en la vida misma.

Parece evidente que la noche representa un papel fundamental en su libro Recuerdos Inventados; qué relación existe entre los personajes noctívagos y la inminencia de las acciones que nunca se concretan, en cuentos “El vampiro enamorado”, “El paseo repentino”, “Nunca voy al cine”.

E.V-M: Lo inevitable de las noches es que se termina llegando a casa, pero en cuanto a mis historias, los viajes siempre carecen de retorno.

¿Existe alguna relación entre la finitud de la noche y el drama humano?

E.V-M: No tenía, en esa época, resultados concretos, más bien me dedicaba a contar historias en torno al tema general del libro.

Cuando da autógrafos utiliza el dibujo de una silueta, que usted dice que es Fernando Pessoa. Por otra parte, su modo de vida, su reserva, su vida nocturna, su modo de vestir y el palíndromo en ingles que resulta de su apellido y nombre ha provocado que lo tilden de vampiro y demonio. A final de cuentas, ¿Cree que usted podría ser más la reencarnación de Satanás, el Quijote o Pessoa?

E.V-M: Bueno, primero que todo, en cuanto al dibujo que hago como autógrafo, dejo que la gente sea quien decida. Cuando me preguntan si es Pessoa, no los desmiento. El dibujo comencé ha hacerlo en una gira que hice en Alemania. La fama del dibujo se divulgó, y las personas que se sentían defraudadas cuando la firma no era la misma. En ese sentido soy esclavo del dibujo.

En cuanto a lo del vampiro, Javier Moreno, dijo una que yo parecía un vampiro, y decidí entrar en combate dialéctico, por su puesto, en esa época estaba mucho más loco.

De todos modos, me he valido de mi aspecto “demoníaco” para asustar a los taxistas que me llevan a casa por la noche. Al final dejó de funcionar porque muchos conductores en España me conocen, y cuando les decía que mi nombre al revés indicaba que el diablo vivía, sencillamente me respondían “si, si señor Vila-Matas, ya lo sabíamos”.

Yo no me enteré del palíndromo sino hasta que un amigo, un escritor catalán, llamado Jordi me lo hizo notar. Utilicé el tema en Suicidios Ejemplares. Sin embargo, debo admitir que soy de naturaleza bondadosa y bastante alejado de la idea que se hacen de mí.

Ha manifestado un gusto especial por frases como: “en el centro del vacío hay otra fiesta” o “Las distancias no miden lo mismo / de noche y de día. / A veces hay que esperar la noche / para que una distancia se acorte”, de Juarroz, o “En las costuras del mundanal ruido”, como dijo en Paralelo Sur. ¿Cómo logra que sus novelas produzcan ese vértigo que reúnen las frases citadas?

E.V-M: Lo logro instalándome en el vértigo; de hecho, mi próximo libro se llama Exploradores del Abismo, o sea, un paso más allá hacia el vértigo al que he sometido mi escritura

No es una novela, es una obra diversa, un libro de cuentos que sale en septiembre que gira en torno a los temas que ya he venido trabajando antes, el Mal de Montano y demás patologías.

No sé como presentarlo ante la prensa, porque posee cuentos muy largos y muy cortos. Yo diría simplemente que es un artefacto literario con relatos en su interior.

¿Se toma usted a Cartagena como una ciudad literaria como lo es su Barcelona, París o Nueva York?

E.V-M: Sergio Pitol hace 3 años en una entrevista en Barcelona, en el periódico la Vanguardia, dijo que cuando yo fuera mayor me retiraría a Cartagena cuando estuviera más viejo. En ese momento no había estado nunca en esta ciudad

Mi madre me preguntó, luego de leer el texto, si yo en verdad pensaba irme a Cartagena. Esa profecía de Pitol, aunque no se ha cumplido, debe ir en camino porque llevo dos visitas en menos de un año y ya me han entregado las llaves de la ciudad.


¿Para usted la posición Pasavento, comercializada en estos días en autores como Thomas Pynchon, Salinger o el colombiano Pedro Juan Valencia, tiene validez en sus resultados cuando venden o cuando responden a una ética o poética en singular?

E.V-M: Me interesa simplemente el escritor que no se traiciona a sí mismo. No me gusta quien se vende sólo por un éxito seguro y momentáneo. Es como aquel vendedor de corales, del relato de Joseph Frod, en el que se cuenta que junto al puesto de venta de corales de un hombre, se instala un vendedor de imitaciones, de corales falsos.

El vendedor de corales genuinos se da cuenta que el vendedor de corales falsos vende mucho más, y entonces decide incluir unas pocas imitaciones. Pero la gente se entera que su producto no es autentico y comienza el declive total de su empresa.

Nunca he hecho nada que se alejara de mi propio ser literario. No he tenido, afortunadamente, necesidad de hacerlo. Sé que muchas personas lo necesitan, pero yo he tenido suerte.

¿Siente que ha perdido algo al no escribir en su lengua materna, el catalán?

E.V-M: Siempre he dicho que cuando hablo en Catalán sólo puedo decir la verdad. Cuando hablo en español generalmente invento ficciones, mis propias ficciones. Esto, por supuesto, ha hecho pensar a muchos que miento, y que inclusive ahora mismo puedo estarlo haciendo.

¿La Bomba, la rubia platino, despampanante y tetona con quien se ha casado el profesor del asilo que va a visitar el doctor Pasavento, la ha visto pasar usted por las calles de Cartagena, o la ha metido usted en el hotel?

E.V-M: A la Bomba la vi en estos días, suena bien decirlo, estaba muy buena. Precisamente pienso escribirle un poema porque no la tengo en la habitación (Risas).

De Gira por Europa


ORLANDO ECHEVERRI BENEDETTI.

EL UNIVERSAL.

Suplementos – Facetas

Foto: Orlando Echeverri Benedetti.

domingo, 08 de abril de 2007

Al occidente y a unos pocos minutos de Bayunca está el municipio de Clemencia. Allí la lluvia ha convertido las calles en lodazales, el cielo plomizo promete otra tormenta y los campos abiertos del colegio son ahora lagunas improvisadas por el clima.

Clemencia contiene el sopor propio de los pueblos que casi obligan al sedentarismo. Bajo los árboles a los que el viento les arranca el agua que les dejó la lluvia, están los habitantes que descansan con la camisa abierta y en los puestos de cargos públicos pueden oírse las aspas de los ventiladores oxidados.

Fue aquel mundo donde persiste el olor del monte y la humedad, el lugar de nacimiento de Maryuris Payares Orozco, una niña de 12 años de edad y estudiante de noveno grado de la Institución Educativa Técnica Agropecuaria San José de Clemencia.

Probablemente Maryuris sea la única habitante del municipio que alguna vez cruzó el océano Atlántico para conocer Europa, todo gracias al Plan Internacional, una organización no gubernamental que la apadrina a ella y a muchos niños de escasos recursos.

Los padrinos proveen a cada niño con los elementos básicos para su desarrollo académico. Algunos de ellos viajan al lugar donde viven los niños a los que ayudan, pero otros no se atreven, quizá por temor a lo desconocido. Es ese el caso de Maryuris, quien no conoce la persona que desde otra parte del globo le colabora a terminar su escuela.

Según Mariano Castillo, el rector del Instituto Educativo, en varias ocasiones han llegado padrinos de otros niños a Clemencia, e inclusive se han puesto las botas para ir a sembrar yuca con los habitantes “se involucran con la cultura local”, dice.

La selección de Maryuris como candidata para el viaje comenzó en su propio colegio de 3.330 estudiantes, donde fue elegida por sus compañeros para que los representara departamentalmente en un evento que organizó Plan Internacional. En ese evento fue seleccionada como representante nacional, y en este último fue escogida para viajar a Alemania, al Parlamento, ha intervenir en charlas sobre “maltrato infantil” y “equidad de género”.

“Cuando regresé del evento, llegué a mi casa y le expliqué a mi mamá que me habían seleccionado para viajar a Alemania. Ella no entendía de qué trataba todo eso y comenzó a preocuparse, no comprendía qué iba a hacer una niña de 12 años en Europa.

“A mi papá se le hizo más claro el asunto y me apoyó desde el principio. Mi familia fue comprendiendo lo importante que para mí era ese viaje y finalmente comenzamos a movernos”.

Aunque se realizó en febrero, el año pasado Maryuris también había sido seleccionada para un viaje, aquella vez, a Irlanda, por un concurso de fotografías en el que se había inscrito. Sin embargo, nunca pudo concretarse el proyecto debido a unos problemas con los documentos. “Las fotos y mis documentos personales — dice ahora, riendo — se retrasaron y por eso cuando respondieron era muy tarde”.

El viaje lo hizo en compañía de un niño caleño y bastó con llegar al aeropuerto de Berlín-Schoenefeld, para darse cuenta de que más allá de su municipio había un mundo enorme, que, como ella misma definió, “es otra dimensión”.

Ante sus ojos, los ojos de una niña de vida sencilla y rural, el otro lado del mundo se le manifestó de una manera agolpada, “todo era rápido”, “en el aeropuerto había muchos establecimientos diferentes”, “la gente caminaba deprisa y sin hablarse”.

Cuando los organizaron en el lugar donde se iban a quedar, vieron que también había niños de otras partes del mundo. “Fue una situación muy divertida porque no podíamos comunicarnos con casi nadie. Por eso nos tocaba hacer señas y decir las pocas cosas en el ingles que sabíamos”.

Aquella limitación idiomática, provocó que una salida se convirtiera en un día de pánico.

“Pues ocurrió que un día fuimos con nuestra tutora a tomar el metro. Estábamos con los únicos niños que quedaban, y que eran de Egipto y otros países de África, que no hablaban tampoco un idioma en común.

La tutora esperó a que entráramos todos, y cuando decidió hacerlo ella, la puerta se cerraba capturando su bolso y parte de su chaqueta. Desesperada, trató de zafarse, pero pudo hacerlo saliendo y no entrando al metro, de forma que apenas lo hizo el metro comenzó a andar.

Entonces estabamos ahí, un grupo de niños menores de 13 años, de otras partes del mundo, acorraladas en un vagón que viajaba rapidísimo. La única forma de salir era usando el tiquete que te dan a la entrada. Yo no tenía y trataba de pedírselo a los otros niños, pero no entendían y no querían dármelo, pues como yo, estaban muy asustados.

Finalmente un señor uso el tiquete en la próxima parada, y nos quedamos a esperar allí, a que llegara el próximo metro con la tutora. Al final todo salió bien y pudimos reírnos del asunto”.

Durante su estadía en Berlín visitó los sitios más importantes, entre ellos, el Parlamento, donde, como una de las representantes de Colombia, participó en charlas sobre “maltrato infantil” y “equidad de género”, un tema que se relaciona con otros puntos claves como la educación, la violencia y la pobreza.

Aprendimos muchas cosas allá, claro, desde el punto de vista de los europeos. Una de las cosas que más me sorprendió de Alemania, es que en las calles tú no notas las diferencias tan marcadas entre las condiciones en que vive la gente.

No me atrevería a decir quien es rico o pobre, y eso muestra que las cosas si pueden funcionar”.

Después de los primeros días, Maryuris comenzó a extrañar su lugar de origen. “Aunque todo allá le hace pensar a uno en lo bueno que resultaría quedarse, hay cosas que te hacen extrañar mucho tu casa, cosas pequeñas, por ejemplo, la comida; no me gustaba para nada lo que hacían allá, todo era simple, no sabía a nada. El arroz, por ejemplo, lo hacían casi a medio cocer, y cuando ibas a comerlo estaba duro”.

Maryuris llegaba a finales de febrero a su casa de madera. Había dejado atrás una metrópoli alemana, escenario de grandes artistas y núcleo de dos de las más sangrientas guerras de la historia de la humanidad. En su casa aguardaba su familia, llena de expectativas por saber qué hay después de la línea del océano.


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