
Figura en las baldosas
No hubo gritos, ni botellas rompiéndose contra la pared. No hubo llanto, ni angustia, ni dolor. Tampoco hubo epifanías ni hondas reflexiones. Aquello fue revelándose a sí mismo como una silenciosa alucinación en la oscuridad; una figura colorida que danzaba; que parecía querer decirme algo con sus movimientos delicados. La luz del baño se había fundido y yo estaba cagando a oscuras. La mierda cayó suavemente en el agua y apenas chapuceó. Cuando terminé traté de levantarme, pero opté por volverme a sentar. Me quedé allí, viendo la extraña figura que se había formado frente a mis ojos y entonces le pregunté mentalmente qué mierda quería de mí, y la figura me dijo que yo estaba jodido y que me estaba volviendo loco. Cinco minutos después escuché una llave abriendo la puerta principal, una palmada en la pared que encendía la luz de la sala, pasos que se dirigían hacia el baño. Cuando la puerta se abrió, Isabel dio un grito y oprimió el interruptor una y otra vez.
— ¿Qué carajo te pasa? — dijo.
— Se quemó la bombilla — dije.
— Pero si tenemos más en el armario.
Entonces fue al cuarto, sacó la bombilla nueva, y regresó al baño. Desenroscó la que estaba fundida y la reemplazó por la otra.
— ¿Y? ¿Encontraste algo?
— No.
— ¿Pero fuiste a buscar?
— No. No fui a buscar nada.
Hizo una mueca de asco y abrió la puerta del todo para que saliera el olor.
— ¿Cuánto tiempo vamos a seguir en lo mismo? — dijo.
— Mira, Isabel, no me jodas. No ahora, por favor.
— ¡Pero si ya han pasado dos malditos años! — gritó — ¡Dos malditos años en la misma joda!
— Lo sé.
— ¿Entonces?
— ¿Me puedes dejar terminar? — dije.
— ¡No! — gritó de nuevo, y su voz tronó dos veces más dura en las baldosas — ¡Te dije que salieras a buscar!
— Ayer lo hice. Encontré un restaurante y también una farmacia.
— Entonces tal vez te llamen.
— No creo, hablé con los dueños pero olvidé llevar los papeles.
— ¿Fuiste a buscar y no llevaste los hijueputas papeles?
— Bueno, la impresora no tenía tinta.
Entonces desvió la mirada hacia otra parte. Apretó los dientes y los músculos de su mandíbula se hincharon.
— Te dije que iba a irme — repitió.
— Lo sé.
— Yo sé que ya tú lo sabes, idiota, pero entonces de qué vas a vivir.
Salió del baño y fue la habitación. Encendió la televisión. Primero escuché que sintonizaba un canal de deportes. Luego uno de caricaturas. Finalmente Isabel debió de poner un canal sobre gastronomía en el que hablaban de huevos y salmón y tres cuartos de harina y lejanos y olvidados países donde ese era un plato era común y apetecido.
Me limpié el culo y bajé la palanca del inodoro. Cerré delicadamente la puerta del baño. Apagué la luz. Varios segundos después aquella figura volvía a aparecer.






