INSTANTANEAS

•Octubre 16, 2009 • Dejar un comentario

Figura en las baldosas

Figura en las baldosas

No hubo gritos, ni botellas rompiéndose contra la pared. No hubo llanto, ni angustia, ni dolor.   Tampoco hubo epifanías ni hondas reflexiones. Aquello  fue revelándose  a sí mismo como una silenciosa alucinación en la oscuridad; una figura colorida que danzaba; que parecía querer decirme algo con sus movimientos delicados. La luz del baño se había fundido y yo estaba cagando  a oscuras.  La mierda cayó suavemente en el agua y apenas chapuceó. Cuando terminé traté de levantarme, pero opté por volverme a sentar. Me quedé allí, viendo la extraña figura que se había formado frente a mis ojos y entonces le pregunté mentalmente qué mierda quería de mí, y la figura me dijo que yo estaba jodido y que me estaba volviendo loco. Cinco minutos después escuché una llave abriendo la puerta principal, una palmada en la pared que encendía la luz de la sala, pasos que se dirigían hacia el baño.  Cuando la puerta se abrió, Isabel dio un grito y oprimió el interruptor una y otra vez.

—   ¿Qué carajo te pasa? — dijo.

—   Se quemó la bombilla — dije.

—   Pero si tenemos más en el armario.

Entonces fue al cuarto, sacó la bombilla nueva, y regresó al baño. Desenroscó la que estaba fundida y la reemplazó por la otra.

—   ¿Y? ¿Encontraste algo?

—   No.

—   ¿Pero fuiste a buscar?

—   No. No fui a buscar nada.

Hizo una mueca de asco y abrió la puerta del todo para que saliera el olor.

—   ¿Cuánto tiempo vamos a seguir en lo mismo? — dijo.

—   Mira, Isabel, no me jodas. No ahora, por favor.

—   ¡Pero si ya han pasado dos malditos años! — gritó — ¡Dos malditos años en la misma joda!

—   Lo sé.

—   ¿Entonces?

—   ¿Me puedes dejar terminar? — dije.

—   ¡No! — gritó de nuevo, y su voz tronó dos veces más dura  en las baldosas — ¡Te dije que salieras a buscar!

—   Ayer lo hice. Encontré un restaurante y también una farmacia.

—   Entonces tal vez te llamen.

—   No creo, hablé con los dueños pero olvidé llevar los papeles.

—   ¿Fuiste a buscar y no llevaste los hijueputas papeles?

—   Bueno, la impresora no tenía tinta.

Entonces desvió la mirada hacia otra parte. Apretó los dientes y los músculos de su mandíbula se hincharon.

—   Te dije que iba a irme — repitió.

—   Lo sé.

—   Yo sé que ya tú lo sabes, idiota, pero entonces de qué vas a vivir.

Salió del baño y fue la habitación.  Encendió la televisión. Primero escuché que sintonizaba un canal de deportes. Luego uno de caricaturas. Finalmente Isabel debió de poner un canal sobre gastronomía en el que hablaban de huevos y salmón y tres cuartos de harina y lejanos y olvidados países donde ese era un  plato era común y apetecido.

Me limpié el culo y bajé la palanca del inodoro. Cerré delicadamente la puerta del baño. Apagué la luz. Varios segundos después aquella figura volvía a aparecer.

CRÓNICA

•Septiembre 28, 2009 • Dejar un comentario

Juan Carlos Goldar, neurocirujano y psiquiatra.

Juan Carlos Goldar, neurocirujano y psiquiatra.

Dos mil cerebros en el armario


Por: Orlando Echeverri Benedetti.

INTERIOR  1 – Apartamento (Suipacha 771 – apartamento G).

Lo primero que ves es la fotografía de un hombre que parece  sufrir la maldita resaca más insoportable del mundo.  Tiene el pelo blanco e hirsuto y la mirada desorbitada. También su barba es blanca, pero en algunas partes aparecen matices grisáceos y negros.  El labio inferior pende como si  hubiera perdido el conocimiento. Al lado de la fotografía ves un florero con dos flores de tela cuyos pétalos han comenzado a deshilacharse por los bordes. Más allá sólo descubres ropa sucia, paredes desnudas, anaqueles con libros y fotocopias dispersas.

Te parece difícil asimilar que allí vive uno de los más reputados psiquiatras de Argentina.

—   Es Brahms, —dice Juan Carlos Goldar —, el de la foto que estás mirando. Antes, en ese portarretratos, estaba la de mi padre, pero mi hermana se llevó la foto.

—   ¿A qué se dedicaba su padre? — dices.

—   Era comisario de la policía, lo metieron preso en la revolución libertadora — dice, pero pronto se desvía

— ¿A vos te gusta la música clásica?

Leer texto completo en La Movida Literaria.

INSTANTANEAS

•Junio 26, 2009 • Dejar un comentario

Álbum 67

Álbum 67

Rey Pop está dead




(Alguien barre los pasillos de un colegio solitario y escucha su voz aguda en los auriculares; alguien se dirige en un taxi hacia su casa y sigue los acontecimientos en la radio;  alguien ve la televisión mientras se desviste para ir a la cama).

Supongo que cuando estalló la noticia millones de personas se pusieron a escuchar  alguna canción de Rey Pop. En alguna parte de ese opulento hospital de Los Ángeles (sobrevolado por los  helicópteros de la la CNN) estaba su cuerpo enjuto, gélido, rabiosamente blanqueado. Afuera se aglomeraba una multitud de admiradores y curiosos que acudían para  recibir información concreta.  ¿Había muerto realmente? ¿Tendrían que retractarse al día siguiente todos los noticieros y diarios del mundo?

Tal vez jamás se habían escuchado,  en todo el mundo y simultáneamente,  las viejas canciones de Rey Pop:  yo dejo que el reproductor siga su curso. Mi pequeña gata se arrastra febrilmente contra mis pantorrillas. Hace frío y mientras friego los platos veo de reojo, en la tele,  que Rey Pop baila con una trailla  de muertos vivientes.

INSTANTANEAS

•Octubre 29, 2008 • Dejar un comentario

Hotel Buenos Aires - Espaguetis Fríos

Hotel Buenos Aires - Espaguetis Fríos

1. Espaguetis fríos en un hotel de Recoleta

Buenos Aires. Invierno. Sombrillas negras flotan en las calles y un cartonero de quizá 12 años persigue palomas en el parque de Las Heras. Alguna vez Hemingway hizo lo mismo, en los Jardines de Luxemburgo, cuando sacaba a pasear a su hijo.  Trato de imaginar el sabor de la carne de paloma y me pregunto si tendría suficiente habilidad para atrapar a una.

Llegué a Buenos Aires un día como este, con una maleta hinchada en la espalda y los labios destruidos por el frío. Llevaba una novela revuelta entre las medias,  dos paquetes de cigarrillos y un encendedor que había dejado de funcionar en el momento menos oportuno.

Viví nueve meses en una habitación de hotel: tenía un ventanal enrome  por el que podían verse docenas de antenas torcidas y tiznadas de hollín y, más allá, una gigantesca valla publicitaria en la  que había una mujer que se arrojaba a una laguna de perfume Jean Paul Gaultier. Recuerdo haber preparado espaguetis todas las mañanas; recuerdo haberlos comido fríos en las noches.  El chico ya tiene a tres palomas.